Muerte en el palacio de justicia – Apocalipsis y profecía

MUERTE EN EL PALACIO DE JUSTICIA – APOCALIPSIS Y PROFECÍA

Hernán Vergara

Palacio2Tuvimos el asalto al Palacio de Justicia, la toma por el ejército a sangre y fuego y el centenar de vidas segadas. Ahora tenemos, y posiblemente tendremos durante meses, la polémica. Sobre el tapete hay puntos que no son de polémica sino de investigación. Las cosas que se hicieron de un modo hubieran podido hacerse de otro modo. Sobre estos puntos se puede llegar, y hay un consenso de que se debe llegar a una clarificación de los hechos. En esta materia tienen la palabra las fuerzas de seguridad, los jueces y las personas con potestad y competencia para estudiar sucesos y procedimientos documentados y objetivables.

Por encima de todo quedará la polémica sobre si el Presidente Betancur hizo bien o hizo mal en no acceder a las súplicas de que ordenara un “cese al fuego” lanzadas desde la radio y la televisión en el clímax de la angustia, por el Presidente de la Corte doctor Reyes Echandía.

Por encima de todo quedará la pregunta sobre qué habría de dejarse en riesgo y que habría de ponerse en seguridad; si la vida de las personas o la vida del Estado de Derecho puestas a un mismo tiempo en riesgo por la acción del M-19 y ante la imposibilidad de salvarlas simultáneamente.

Poniéndole nombre de INMANENCIA a la vida humana en cuanto se ve, se toca y se siente, y de TRASCENDENCIA al Estado de Derecho en cuanto no se ve, ni se toca, ni se siente, la pregunta y la polémica se concretarán en qué ha debido asegurarse y qué dejarse en riesgo; si la vida humana de los Magistrados y sus compañeros de infortunio en cuanto inmanente, o este peculiar trascendente que es el Derecho, la Justicia y el Jus.

PALABRA POLÍTICA Y PALABRA ECLESIAL
Acerca de lo actuado por el Presidente de la República se están pronunciando, unos para apoyarlo y otros para censurarlo, quienes apersonan poderes significativos como lo son la Prensa, los partidos políticos, el Procurador de la Nación, los mismos personeros de la rama jurisdiccional, y los alzados en armas; pronunciamientos que serán tenidos en cuenta por quienes, desde los poderes también significativos del Ejecutivo y de las Fuerzas Armadas, se irán enterando de tales enjuiciamientos y opiniones. Es ésta la palabra política. Palabra de la racionalidad civil, amasada con la presencia del poder popular, del saber filosófico y del poder militar. Es del caso recordar aquí, para aquellos que disocian y hasta contraponen lo civil a lo militar, que el lenguaje recoge otra realidad. La palabra POLÉMICA, que tan espontáneamente ha salido para nombrar la reacción crítica a los acontecimientos del Palacio de Justicia y que he escogido muy deliberadamente, significó en sus orígenes griegos (pólemos-guerra) “Arte del ataque a las plazas y de su defensa”. La palabra política, en este caso, es meditación simultánea sobre lo actuado por la conciencia civilista del Primer Magistrado de la República y por la conciencia militar del Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas.

Al lado de quienes tienen algún poder significativo que los habilite para entrar en esta polémica están los sin-poder. De entre éstos, hay quienes se pronuncian a todo pulmón y a toda pluma, para dar a conocer sus opiniones. Son los que “botan corriente”, como hoy se dice, o los “profetas desarmados” como decía Maquiavelo. Los sin-poder pueden hablar o guardarse sus opiniones. Son cosas igualmente carentes de significación para quienes tienen el poder de tomar decisiones de repercusión social. Son ésos de quienes decía Aristóteles que “viven en la ciudad pero no son ciudadanos”.

Entre los que hablan, ha habido también los profetas, los verdaderos profetas que son diferentes a los entusiastas erráticos, a los maníacos y a los delirantes. Los profetas son un acontecimiento o un hecho peculiar del pueblo israelita, en donde ocuparon un lugar de primer plano al lado de la Ley promulgada por Moisés, por encima de los “Jueces” y de los “Reyes” que fueron instancias del poder político y militar. Con la referencia a “La Ley y los Profetas” se abarcaba la totalidad que era Israel como Pueblo Escogido. Los profetas surgieron en Israel sin conexión específica con su condición social, con su cultura o con su situación política y militar, pero, una vez constituidos en profetas, dejaban de apersonar su procedencia. Eran propiedad profetasdel Espíritu, eran dirigidos e inspirados por el Espíritu y vivían para la Revelación del Espíritu. Emergían inesperadamente en respuesta a un concreto y preciso llamamiento de Dios y lo hacían realizando milagros, profiriendo discursos, montando gestos teatrales o escribiendo textos destinados a ser leídos antes los gobernantes del momento y ante las asambleas populares. Cristo entra en la escena de la vida de Israel, al igual que Juan el Bautista, a la manera en que habían entrado los profetas ya consagrados por la fe judía. El hecho mismo de emerger sin representatividad de ninguno de los poderes vigentes era la señal de haber sido llamados por Dios y de estar respaldados por el poder extramundano o extrapolítico del Espíritu de Dios. Esta recordación es necesaria en nuestros días cuando la profecía, empleada en locuciones como “denuncia profética” o “voz de los que no tienen voz” resulta ambigua, cuando menos, por su clara alusión a fuerzas oposicionistas de un régimen político y militar.

Cristo fue más que un profeta, pero esta condición es una de las que le han sido reconocidas por la Iglesia de todos los tiempos. La Profecía, en cuanto modo de ver Dios los acontecimientos, pasó a la Iglesia al igual que todo lo de Cristo. Sólo que ya no será palabra de personas privadas sino de la comunidad eclesial. La palabra profética es la palabra eclesial.

La Iglesia ha ejercido la profecía en dos modalidades conexas: los Apocalipsis y las escatologías. Conocemos estas modalidades de la profecía en el singular de “El Apocalipsis” y “La Escatología” aunque en realidad nombran actividades ejercidas una y otra vez por la Iglesia. La cultura en que hemos aprendido a pensar y a hablar asocia el Apocalipsis a lo catastrófico especialmente en el adjetivo “apocalíptico”. En realidad, lo catastrófico es constitutivo permanente de lo apocalíptico pero no es lo esencial de su contenido. Para los exegetas, “Apocalipsis (Revelación, derivado del verbo griego apocalyptein “correr el velo”, “desnudar”) quiere decir “revelación de cosas y acontecimientos que para nosotros podrían continuar escondidas. Es un llevar a la conciencia algo que a los ojos humanos permanece escondido, no tanto porque se refiera a un futuro inaccesible, cuanto porque pertenece a la profundidad del misterio mismo de la creación y de la historia” . Si nos atenemos a las múltiples declaraciones de que “Esto venía de atrás”, de que “estos lodos vinieron de aquellos polvos”, de que “todos estamos implicados en esto”, y similares, lo acontecido en el Palacio de Justicia llena los dos requisitos de un Apocalipsis: el de ser “una situación o escena tremenda” , algo que nos entra por los ojos y los oídos (de allí la importancia que en este caso ha tenido la TV) y también algo que pone al descubierto procesos destructivos que venían actuando sobre la vida nacional bajo la cubierta anodina de la vida cotidiana y que, de no haber sido descubiertos, habrían producido efectos incalculablemente más desastrosos que los causados. El M-19 es sin duda el fruto de esos procesos pero está muy lejos de constituir la totalidad de los mismos.

Como en esta lectura de los acontecimientos volveré sobre aspectos inasibles para la razón, de exclusiva competencia de la fe, es preciso tener en cuenta que no todo lo investigable resultará suficientemente investigado y que, aún dentro del ámbito de la racionalidad política, quedará como pregunta no respondible la de qué hubiera ocurrido, si, en vez del proceso optado por el Presidente Bentacur y por el Ejército, se hubiere optado por el cese al fuego. Son cosas que escaparán a la razón sin que puedan tener respuesta en la fe. La vida nacional tiene que continuar su curso absorbiendo lo mejor que pueda estos “huecos” inllenables. Otra cautela para cubrir este escrito en lo posible contra malentendidos es que, al decir que por encima de las investigaciones, por cuidadosas que sean, quedará la polémica sobre la escogencia debida entre lo inmanente y lo trascendente allí amenazados, no pretendo subvalorar las investigaciones y menos legitimar omisión alguna de las mismas. Debo también añadir aquí, porque no está explicitado en lo anterior, que la polémica es en realidad dos polémicas coincidentes: la correspondiente a la palabra política y la correspondiente a la palabra eclesial. Además, que al decidirme a escribir, lo hago no como quien está apersonando un poder, lo que es evidente, pero tampoco como alguien sin poder, pues evito en lo posible el “Botar corriente” o el actuar bajo las inspiraciones de la moira. Escribo como creyente, como miembro de la Iglesia y, por lo tanto, como alguien que cuenta con el poder del Espíritu.

CUANDO LA PALABRA INDICADA ES EL SILENCIO
Lo primero, cualquiera que sea la posición desde la que tomamos parte en la reflexión sobre lo ocurrido, es el silencio. Lo primero es enmudecer ante un acontecimiento que desborda nuestra capacidad de entender y nuestro derecho a juzgar. Ante lo apocalíptico sólo tenemos, en un principio, el derecho al asombro. Aquí han ocurrido acontecimientos en los que nadie sabe cómo se habría comportado. Ante todo no hay lugar para la cólera ni para el enjuiciamiento. Si lo miramos desde la política porque todos, unos de manera más protagónica, otros por omisión, estamos envueltos en la autoría de esta cruenta acción de armas; si lo miramos desde la fe, tampoco hay lugar aquí a la cólera y el juicio porque éstos, en la fe, pertenecen a Dios.

Palacio3Estamos ante la muerte del Presidente de la Corte Suprema de Justicia, en circunstancias que más parecen las de una muerte padecida que las de una muerte opcionada como sí lo fue la de los miembros de las Fuerzas Armadas y la de los guerrilleros. No hay lugar para hablar de héroes ni de mártires ni para excluir el heroísmo y el martirio con respecto a quienes sólo tuvieron a Dios por testigo de sus últimos momentos. Lo que sí podemos afirmar es que el doctor Reyes Echandía y sus colegas masacrados se habían granjeado un destino de mártires desde cada acto cumplido por ellos según los dictados de su conciencia jurídica y en evidente desafío a los poderes de la Mafia, y desde cada acto en que se comprometieron con el Estado de Derecho frente a una subversión cada día más poderosa. Mejor hablemos simplemente de víctimas. En cuanto a los guerrilleros, calificados de “criminales enloquecidos” y de “fanáticos suicidas”, prefiero verlos como producidos de las contradicciones de nuestra vida nacional. Los miembros de las Fuerzas Armadas que perecieron en la acción, encontraron la muerte como algo que es una de las expectativas normales en la vida militar.

Como la polémica no se ha dado acerca de si las víctimas perdieron allí la vida en cuanto héroes, en cuanto mártires o en cuanto simples mortales empavorecidos, dejémosle esas preguntas a nuestro silencio. La polémica está, como ya dije, en si el Presidente Betancur hizo mal o hizo bien en no aceptar la súplica que fue prácticamente una orden de “cese al fuego” hecha por el Presidente de la Corte al Presidente del Ejecutivo y, sólo en segundo plano, en si el operativo militar hubiera podido hacerse con menos costo de vidas.

Palacio5La polémica podría ser, pero no será, sobre si el Presidente de la Corte hizo bien o hizo mal en hacer su petición. No se hará porque el doctor Reyes Echandía murió trágicamente y existe el consenso de no implicar a los muertos en las polémicas de los vivos. No se hará porque nadie puede tirar la primera piedra; de afirmar que, en tales circunstancias, se habría portado como un héroe o como un mártir. Todos, por simple complicidad con nuestro propio corazón, le damos al doctor Reyes Echandía el derecho de clamarle y hasta exigirle al Presidente Betancur un cese al fuego. ¿No había intervenido el Presidente Betancur varias veces para impedir que el Ejército actuara con toda su capacidad de fuego contra grupos del M-19 o de las FARC que estaban al alcance de sus armas?

Sin embargo, una vez puesta en marcha la polémica y con el respeto que se merecen los muertos, hay derecho a preguntarse cuál sería actualmente el tema de la reflexión de los colombianos en general si, en vez de haber escuchado esa súplica de “cese al fuego” se hubiera escuchado el imperativo “No negocie el Estado de Derecho!” lanzado al Presidente de la República por el Presidente de la Corte Suprema de Justicia. Hay lugar a preguntar algo que concierne a un muerto cuando en el tablero de la vida se hacen acusaciones al Presidente de la República y al Ejército como ya se han hecho por cuenta de quienes murieron en esa acción de armas. Ante la imposibilidad de saber lo que habrían hecho los comandantes del M-19 en el caso de que el Presidente de la Corte hubiera ordenado el “¡No negocie!” en vez de suplicar el “cese al fuego”, lo indicado es no cargar sobre el Presidente Betancur el peso de esa incógnita. Porque si la respuesta del M-19 que está entre las probables, hubiera sido asesinar a los magistrados retenidos empezando por su Presidente si no se aceptaban sus pretensiones, la polémica, si es que después de eso hubiera habido alguna, habría sido otra. El Presidente Betancur ofreció “respetar la vida de los asaltantes y hacerles un juicio imparcial”. Eso no fue suficiente para los guerrilleros, y entonces la polémica es sobre la pregunta de si la obligación presidencial iba hasta ordenar el cese al fuego sin contraprestación segura de los guerrilleros, para dar lugar a que éstos reconsideraran sus propósitos.

La polémica está cuestionando solamente al Presidente de la República y al Comandante del Ejército que dirigió el operativo, por la simple razón de que éstos están vivos. De tener en cuenta a todos los protagonistas, habría que cuestionar también al Presidente de la Corte. Si, en vista del final trágico del doctor Reyes Echandía, lo indicado es cubrir con piadoso silencio su actuación, es igualmente indicado extender el mismo silencio sobre los otros protagonistas que aún viven. Pero si se insiste en la polémica, va a ser inevitable que el enjuiciamiento se extienda sobre los tres protagonistas que hacia las 2 p.m. del 6 de Noviembre, tuvieron en sus manos la suerte del Estado Colombiano: el Presidente de la República, el Presidente de la Corte y, en grado un poco menor el Comandante del operativo militar.

EN EL ÁMBITO DE LA TRASCENDENCIA
Somos herederos y usufructuarios de un orden de cosas en que se han acumulado el hecho cristiano y el hecho republicano. En cuanto al hecho cristiano, de todos es sabido que tuvo su origen en la muerte aceptada por Jesús de Nazaret, y pudo llegar hasta el año 325 sostenido por la muerte aceptada de los mártires. El cristianismo es producido por la muerte de Jesús de Nazaret aceptada por obediencia a la voluntad de otro a quien él llamaba su Padre, y sostenido frente a una persecución que duró tres siglos por el martirio sufrido por miles de cristianos.

El cristianismo atestigua o revela mediante la muerte aceptada por Jesús y por los mártires que existe el Dios vivo y que existe como Padre. El cristianismo es la realidad de una trascendencia, el Padre, atestiguada y revelada por hombres que con Jesús a la cabeza, aceptaron la muerte en condiciones en que hubieran podido evitarla. En cuanto al hecho republicano, sabemos por la historia que fue producido por los “Padres de la Patria” cuya paternidad estuvo asegurada por su muerte o por su disposición de morir como prueba de la realidad y de la bondad de esa trascendencia que llamamos la Patria y, más propiamente la República.

sagradocorazonNuestra existencia de Estado soberano, la República, ha tenido, a diferencia de otras repúblicas, la particularidad de haber recibido aportes del cristianismo católico reconocidos oficialmente por la mención del nombre de Dios a la cabeza de la Constitución, así como también de haber recibido y esperar para el futuro protección especial del cristianismo, hecho éste reconocido por la Consagración al Corazón de Jesús convertida en ley de la República. Descartando el hecho cristiano que muchos mantenedores de la institución republicana no reconocen, bastaría ésta para proclamar que la vida de las personas no tiene su principal valor en ser la vida de esas personas sino en garantizar o avalar la existencia de realidades TRASCENDENTES. Realidades con mayor entidad y más valiosas que la vida de las personas.

Quienes así lo piensan y lo creen como ciudadanos, aplican su vida a hacer presente y actuante la realidad republicana o su esencia que es el Jus, ya se entienda como Derecho o como Justicia.

En tiempo de tranquilidad, ese ejercicio de actuar el Derecho o la Justicia adquiere la prestigiosa pero incruenta figura de una profesión al lado de otras profesiones, pero compromete siempre a quien la ejerce a respaldar, garantizar y avalar con su vida, llegado el caso, que el JUS no es un fantasma ideológico o un tigre de papel para dominar a los ingenuos que lo tomen por realidad sino que es una realidad más real que la propia vida. El asalto del M-19 al Palacio de Justicia y la retención de los magistrados en plan de rehenes fue precisamente uno de esos casos.

LA MUERTE Y LA TRASCENDENCIA
trascenderEscribe Huxley en su novela Contrapunto que “todo en el nivel humano es malo”. (All in the human level is bad). La validez de este aserto está en que todo termina en la muerte, incluso la vida humana. O en que, como dice Heidegger, “El hombre es un ser-para-la-muerte”. Podría decirse también que todo en la vida humana es inmanecia. Lo trascendente es la vida en cuanto no condicionada a la muerte. Para los griegos, la trascendencia era el Olimpo, lugar que imaginaban habitado por “los inmortales”. Siempre ha habido, hay y seguirá habiendo una polémica entre trascendentalistas e inmanentistas. Epicuro, representante como ninguno del inmanentismo, rechazaba toda trascendencia por cuanto limitaba las posibilidades de vida inmanente. Su norma “Comamos y bebamos, que mañana moriremos”, es la bandera explícita o implícita de todo inmanentismo. Ella pone del lado del realismo, de la sensatez y del sentido común, la tesis de que “más vale un cobarde vivo que un valiente muerto”.

En el mandamiento promulgado por Moisés de “no matar” hay algo absoluto y algo relativo. Lo relativo es que da lugar a una casuística sobre las condiciones en que se puede matar sin ir contra el mandamiento, lo absoluto es que es un MANDAMIENTO, una trascendencia. No matar, cuando el hacerlo no trae ventaja alguna y sí peligros o daños, es inmanencia. La trascendencia aparece cuando el hombre se abstiene de matar por obediencia al mandamiento. En el obedecer o en el desobedecer este mandamiento el hombre da testimonio de que hay Alguien, un alguien que debe ser escrito con mayúscula porque es alguien más que el hombre; trascendente al hombre. El testimonio es más fuerte aún, cuando de no matar si a uno le conviene hacerlo y puede hacerlo, se pasa a dejarse matar cuando uno podría evitarlo: es el MARTIRIO.

Por la realidad de la trascendencia la vida humana puede ser defendida aún pasando por la muerte, y esto podríamos tenerlo como el beneficio de existir ante una trascendencia. Sin embargo, la trascendencia no se presenta al hombre en el primer momento como un beneficio sino como una exigencia. Por razón de la trascendencia, la vida humana no está destinada a sí misma sino a la revelación de Otro, un otro que es preciso escribir también con mayúsculas, cuya existencia solamente puede ser admitida mediante el testimonio humano de la muerte aceptada. En cierto sentido, la trascendencia resulta siendo para el hombre una exigencia inhumana.

Si la trascendencia es vida y garantía de la vida humana en cuanto vulnerable a la muerte, el asesinato es negación de la trascendencia o duda acerca de ésta. En el origen del asesinato que un Raskolnikof ejecuta deliberadamente, igual que en la ejecución de Jesús en la Cruz, está la duda acerca de si existe o no la trascendencia. La trascendencia del Jus en el primer caso, insuperablemente apersonada por el juez de la causa, la trascendencia de Dios, en el segundo caso, en cuanto Dios que no le falla a quien confía en Él. En el caso contemplado, el M-19 vino de mano de la Muerte o bien a comprobar que la trascendencia del Estado de derecho es “pura paja” o simple ideología, o bien a tantear qué tanta consistencia tenía frente al poder de la Muerte. Si Dios y el Derecho tienen hoy un puesto firme en la historia humana, lo han ganado con respuestas inequívocas a quienes lo han negado o simplemente lo han puesto en duda. Dios, devolviéndole al Crucificado la vida, no la misma que pudieron quitarle sus asesinos sino otra no vulnerable; el Derecho, con la evidencia universal de que la organización de la sociedad en Estado de Derecho cuesta de vez en cuando algunas vidas pero incalculablemente menos que las causadas en situaciones de anarquía..

CUANDO LA INMANENCIA TIENE QUE DARLE UNA MANO A LA TRASCENDENCIA
El conflicto entre el Estado de Derecho y quienes cuestionan o aún niegan su realidad como trascendencia llega de tiempo en tiempo a situaciones como la creada por el M-19 en el Palacio de Justicia. Llegadas las cosas a este punto, es la Fuerza Armada, y no el Derecho, la instancia que sabe y decide lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer con los asesinos.

La realidad de un Estado y de un Gobierno es que, en determinadas circunstancias, la invisible y trascendente realidad del Derecho quede a merced de la bien visible e inmanente realidad de la Fuerza Armada. Sólo así el sacrificio de quienes se dejan asesinar antes de negar la realidad del Derecho, puede ser un sacrificio útil, fecundo, que alimenta el Estado de Derecho. La muerte, sin más, por heroica que sea, no alimenta un Estado de Derecho si, al mismo tiempo, no alimenta la Fuerza Armada que lo respalda.

EL DRAMA Y EL PSICODRAMA
Hay que cuidarse de las imitaciones, dicen los fabricantes de artículos altamente acreditados en el comercio. Cuando más valioso y apreciado un artículo, tanto mayor probabilidad hay de que sea imitado. Es por esto por lo que Dios ha tenido y tiene tantas imitaciones, los ídolos, y por lo que el Derecho ha tenido y tiene tantas imitaciones, las hoy llamadas “ideologías”. La única manera de discernir entre la realidad y la imitación, cuando la realidad de lo trascendente es puesta en cuestión, está en el testimonio. Testimonio que frente a la realidad del Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo como la llama San Pablo, es el martirio. Y frente a la realidad del Derecho o de las Instituciones, como suele decirse, es el HEROÍSMO.desaparecidos

En la toma del Palacio de Justicia y la retención de los magistrados por el M-19 en la condición de rehenes, vemos el movimiento de personas que, desconfiando de la realidad del Derecho y sospechando que no es más que una ideología para detentar el Poder (esa sospecha está en todo movimiento revolucionario), se llegaron a la sede máxima del Derecho para sacar en claro la verdad. Si los magistrados resultaban siendo simples hombres, simples mortales que sólo tenían como realidad su vida precaria; y si el personero del poder ejecutivo a cuyo mando directo está la Fuerza Armada reaccionaba sobre la base de que los magistrados no representaban otra realidad que la de sus precarias vidas, entonces todo estaba hecho, entonces podrían gritar hacia todos los rincones del país que el Derecho era una impostura, igual al gorrión ciego que, al pararse sobre el espantapájaros y empezar con sus trinos, proclamó antes millares de gorriones detenidos ante el trigal por el miedo al muñeco, que éste no era monstruo devorador de gorriones sino un simple muñeco.

El enfrentamiento contra el ejecutivo de parte de personas, gremios, universidades y sectores de la opinión pública por haber puesto en riesgo la vida de los magistrados por poner en seguridad el Derecho, abre polémica respecto a si el Derecho es o no una ideología en Colombia. Porque toda decisión verdaderamente grave es entre dos bienes o mejor entre cuál de los bienes se asegura y cuál se deja en riesgo.

El desarrollo de esta polémica dirá si quienes estaban en lo cierto eran los guerrilleros al dar por sentado que la ideología gubernamental era no más que una ideología o si cayeron en la trampa de tomar por mera fachada lo que era un contenido.

LA VIOLENCIA COMO TRASCENDENCIA
La polémica que están planteándose en los periódicos, en la T.V., en el Congreso, en los partidos políticos, en las plazas, las calles y los campos no es aún la polémica que está en el fondo de este juego. Es apenas una subpolémica. Si la polémica verdadera es el drama, la que se está planteando es apenas el psicodrama.

En efecto, la disputa, como la llamaré para diferenciarla de la polémica, está prendida entre personas y colectividades que piensan ser liberales, que dicen ser partidarios firmes del Estado de Derecho y que, en cualquier partido político al que pertenezcan, incluyendo el partido comunista, se profesan republicanos. El drama, la verdadera polémica, está entre quienes creen en el Estado hasta darlo todo y aún la misma vida en su defensa, y quienes creen en la violencia como trascendencia. No es del caso referir en este momento la historia de la violencia como teoría política. Basta decir que esta teoría inspiró la Lenin en su tremenda y decisiva afirmación de que “sólo la violencia es partera de la historia” y que, por reacción contra el comunismo, dentro de la filosofía de que “para mordedura de perra, pelos de la misma perra”, inspiró la “Acción Francesa” de Charles Maurras, el “Fascismo” de “Mussolini, el “Nazismo” de Hitler, nuestras FARC, el M-19, el ELN y toda clase de alzados en armas por razones políticas. Se trata de la violencia deliberada, científica, aureolada de mística y no de la vulgar violencia de las vindictas, los atracos y otras tantas expresiones de las pasiones humanas. Es la violencia del “impío” del Salmo: “Dice el impío en su corazón: No hay Dios” (Salmo 14,1). Esta violencia se produce en quienes hacen del poder físico y del poder moral una misma cosa, de modo que todo lo que se puede hacer puede ser hecho. Es así como, con guantes, entre susurros y mucha gentileza se producen cada día y cada hora miles de abortos. Es la violencia que se ha escondido tantas veces y tanto tiempo bajo la inocente y aún noble fachada de la propiedad privada y del lucro y a la que respondió Lenin enfrentándole una violencia apocalíptica.

Y DEL M-19 ¿QUÉ?
M19El M-19 es hueso duro de roer y puede dar para largo. Lo más grave en esta organización de la violencia política es que parece no saber lo que quiere o para dónde va, porque al aplazarse indefinidamente el logro de su objetivo quedará en fuerza destructiva sin otra expectativa que morir matando. Sus comienzos, si realmente el movimiento corresponde al símbolo con que se nombra, fueron buscarle una alternativa a la vía electoral para la toma del poder. Alternativa que fuera respuesta a la violencia ejercida, según la convicción anapista, por el doctor LLeras Restrepo contra el triunfo electoral del General Rojas Pinilla, pero respuesta que no incluía necesariamente el tomar la iniciativa de la violencia con los costos de vidas humanas y en fuerza política que incluye esa iniciativa. En esta perspectiva, la vocación del M-19 pudo haber sido recoger todo lo que en la ANAPO había de protagonismo popular, introduciendo en ella, por fuera de sus jerarquías asimiladas al establecimiento, la inteligencia y la organización que no había adquirido bajo su existencia de populismo caudillista. Los romanos esculpieron en la sentencia: “Si quieres la paz, prepárate para la guerra”, todo el dinamismo de la realidad político-militar. Oliveira Salazar, excepcional experto en tomarse todo el poder de un Estado sin sacrificar una vida y sin cuestionar la trascendencia del Derecho, reveló cuál era la inspiración que lo guiaba en la frase lapidaria: “Debemos ser lo suficientemente fuertes para no tener que ser violentos”. Yo que conocí de cerca la insospechable capacidad protagónica de las bases anapistas pienso que no era utópica la idea de llevar a grandes sectores de la población colombiana, cuando aún ardían los rescoldos de la ANAPO, hacia la frontera de una guerra popular. Hacia la frontera de una guerra popular, repito, porque una clase establecida en el poder con la ideología republicana y el Ejército regular de su parte, no toma en serio a un interlocutor que no dé muestras efectivas de poder militar equivalente al propio y porque la ética y la moralidad de cualquier guerra está en ganarla. La malicia española no dudó en tiempos de plena cristiandad en proferir la aparente blasfemia de que

“Vinieron los sarracenos
y nos molieron a palos,
que Dios protege a los malos
cuando son más que los buenos”

Yo, como psiquiatra y como director de una clínica psiquiátrica he de vérmelas con un personal poco razonable y que, en la inmensa mayoría de los casos, se encuentra hospitalizado contra su voluntad. Por mucho que se estire la actitud de diálogo, de vez en cuando se llega al dilema de copar por la fuerza al inconforme o tirar la toalla, DrHernanVergaradejándolo sin la ayuda que requiere su enfermedad y que los familiares esperan del psiquiatra. Para esto, la clínica ha de tener un personal preparado no solamente en enfermería sino en artes marciales. El resultado de esa clase de intervenciones de fuerza, pero no de violencia, suele ser el de “¡así por las buenas si!”. La violencia como teoría y como trascendencia es recurso de personas y de grupos que se enfrentan a fuerzas desmesuradamente mayores, de donde la frecuencia de las acciones suicidas. Digo que el M-19 parece no saber lo que quiere o para dónde va, porque en los comienzos se distinguió en acciones a lo Robin Hood, quitándoles a los ricos para darles a los pobres, con espectacularidad y hasta con un sentido del humor que le ganó rápidamente muchas simpatías. De pronto, inesperadamente, la emprendió contra las Fuerzas Armadas. “Lo primero, enseñaba Mao, es distinguir al amigo del enemigo”. Si el mal avistado era una pobreza causada por una explotación, el enemigo era quienes en cuanto personas y en cuanto clase, estaban beneficiándose económicamente del sistema. El mal estaría en un sistema que, por ser una ideología, favorecía la expoliación a cielo abierto y con buena conciencia, de las mayorías trabajadoras por una minoría de ambiciosos y privilegiados. Pero el M-19 parece tocado de un pecado de origen que sería el de otros grupos izquierdistas que infiltraban La ANAPO: pensar que podrían implementar la “mística anapista” sin creer en la ANAPO. Luego debió introducirse en sus militantes la concupiscencia de las armas, concupiscencia que se aproximan en varios aspectos a la sexual y al éxtasis orgásmico. El ejército no era el enemigo inevitable.

La realidad, para quien tenga ojos que le sirvan, es que el ejército sirve al sistema por cuanto es un ejército republicano, constitucionalista, pero en cuanto a lo económico no se beneficia mayormente del sistema. Si se comparan los sueldos promedios de la oficialidad del ejército con los de los congresistas y más aún, con los ingresos de la cúpula capitalista, y si además se piensa que a cambio de esos sueldos tienen que, normalmente, estar dispuestos a morir, se concluye necesariamente que el Ejército no sirve al sistema porque se beneficie de él. Un ejército constitucionalista y republicano como lo es el nuestro no puede ser el blanco de un movimiento dirigido a cambiar las relaciones injustas entre explotadores y explotados.

Lo que pasa con un ejército así es que se toma en serio las ideas del sistema. Posiblemente no son muchos los magistrados, jueces, gobernantes o representantes que ejercen un cargo en alguna de las tres ramas en que está dividido el poder republicano, que hayan interiorizado las creencias de la fe republicana en la medida en que tienen que haberla interiorizado nuestros militares para actuar en la forma en que lo han venido haciendo. Si lo que el M-19 quería era cambiar las relaciones de producción de modo que cada uno recibiera más de lo que recibe según sus necesidades y su trabajo, que según las leyes producidas por un sistema que se proclama democrático e igualitario, tendría que haberse aplicado a mostrar que el sistema no era ni republicano ni democrático, sino una pantalla ideológica para el ejercicio impune de la explotación de los recursos naturales y del trabajo de las mayorías, en beneficio de unos pocos.

No hay razón para pensar que en el ejército no hubiera oídos para oír esas denuncias y que, concientizados respecto a la realidad del país y en la realidad de que la inmensa mayoría de sus miembros son con respecto al pueblo “correas del mismo cuero”, prestaran menos apoyo al sistema. Al escoger al ejército como blanco de sus ataques militares lo retaron en su misma razón de ser de Fuerza Armada.

Los dirigentes del M-19 desconocieron el impacto que en el interior del ejército venían haciendo las generosidades del Presidente de la República para con ellos y con los demás alzados en armas. No pensaron que, de seguir en esa línea de relaciones con el Ejecutivo y con el Ejército, ponían a los militares en el dilema de seguir fieles en la posición subordinada que les asigna el sistema republicano o reaccionar por cuenta propia. A la hora de la prueba, el Presidente de la República, actuando como Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas, les dio pleno respaldo y asumió toda la responsabilidad del operativo militar.

Ahora, en una hipótesis bizarra, si lo que anima al M-19 es una edípica pasión por la verdad, de modo que su objetivo fuera poner en evidencia al sistema como impostura mediante un Apocalipsis, han perdido 36 de sus miembros pero habrían conseguido lo que buscaban. Un ministro de Justicia que se ve precisado a defender al Gobierno contra la parte mayoritaria del poder judicial, para no mencionar a una parte del Congreso, constituye evidencia de que la unidad de las tres ramas del poder es, cuando menos, cuestionable. Lo más productivo de este Apocalipsis está siendo el despertar de la conciencia ciudadana respecto de la solidaridad que de hecho existe, para lo bueno y para lo malo, entre los que saltan al ruedo para hacer la historia y los que, desde las tribunas, se quedan esperando lo que ha de pasar. Este Apocalipsis revela cuando la fe republicana es auténtica, productiva, y cuando corresponde a la definición de fe como “Creer que creemos en lo que no creemos” dada por Voltaire. Es una lástima que la muerte constituya en ciertas circunstancias el único test para descubrir si un sistema de vida corresponde a la verdad de lo que profesa y confiesa o si es una impostura.

UNA TRASCENDENCIA EN ESPERA DE RECONSTRUCCION
Cualquiera que sea el rumbo que tome la polémica, la estructura de la civilidad colombiana quedará mal herida. Para muchos no será fácil o hasta será imposible seguir creyendo en lo que venían creyendo. El Derecho, en cuanto trascendencia de la que recibía su vida nuestra civilidad, ha quedado confusamente vecino a la fuerza, a la inmanencia de las armas. Todo parece indicar que el Ejecutivo saldrá triunfante del cuestionamiento a que está siendo sometido, pero su triunfo no será el de una trascendencia invisible sino el de muy visibles e inmanentes apoyos de instancias del poder. Sin embargo, los hombres no estamos abandonados a nosotros mismos ni aún para tareas en que dirigentes de la sociedad proclaman enhiestamente su autonomía respecto de Dios como ocurrió en los orígenes del sistema republicano y en muchos de sus actuales personeros. “Dios escribe derecho con líneas torcidas” y “Del exceso del mal nace el remedio” según proverbios populares. Nada habría de raro en que este Apocalipsis sirviera de punto de partida al resurgimiento de la Nación, no tanto como estructura representativa del sistema republicano en todas sus líneas cuanto en la realidad viviente de la solidaridad.Armero2

Estoy escribiendo estas reflexiones mientras la televisión y la radio emiten incesantemente informes sobre la catástrofe provocada por la erupción volcánica del Nevado del Ruiz que, de paso, es apenas una catástrofe y no un Apocalipsis, y mientras a mi alrededor no queda persona capacitada para donar sangre que no haya salido o se disponga a salir hacia los puestos en donde la reciben. ¿Por qué no esperar un poco de esta solidaridad a la hora de entregar, no la sangre sino algo de los propios e “inalienables” derechos que usamos de coartada cuando somos convocados a construir la paz?

MIRADA DE LO CIVIL DESDE LA FE CRISTIANA
Es muy duro llegar a pensar estas cosas y más duro aún llegar a decirlas cuando hay de por medio tanto sufrimiento. Uno puede llegar a pensarlas y a decirlas desde la fe. Así como Huxley observa que “Todo en el nivel humano es malo”, San Pablo enseña que “Todo lo que ocurre, ocurre para bien de los elegidos” (Rm 8,28), afirmación traducida por el inspirado Leon Bloy en “Todo lo que sucede es adorable”. También aquí, como en la vida civil, ante el peligro de muerte se dan las vicisitudes de la fidelidad de los mártires y de la apostasía de los débiles.

En los tres primeros siglos de su historia el cristianismo se vio enfrentado a las persecuciones. En ningún momento los cristianos tuvieron dudas acerca de cuál debía ser su actitud ante la tortura y la muerte. La norma en todas las Iglesias fue la de excomulgar o excluir de su seno a quienes abjuraban explícita o tácitamente de la fe cristiana para salvar su vida.

Sin embargo, hubo grandes polémicas respecto al tratamiento que debían dar las iglesias a quienes, pasado el peligro, se arrepentían y pedían ser nuevamente admitidos. Las opiniones se dividieron entre rigurosos partidarios de la exclusión y partidarios de la readmisión, previa reparación mediante penas más o menos severas. La disputa no pudo ser más enardecida por cuanto los rigorosos veían la suerte del cristianismo atada al testimonio del martirio. Las posiciones se endurecieron hasta generar cismas. Poco a poco fue ganando terreno la línea que hoy llamaríamos “blanda”. El martirio era importante, al punto que el mártir era reconocido como el prototipo del cristiano perfecto o del santo. La Iglesia sólo vino a “canonizar” o a declarar santo a un cristiano que no había sido mártir después del año 397 en la persona del obispo Martín de Tours. Sin embargo el martirio no lo era todo.

No lo era todo ante Dios, porque lo que él había aprobado en la muerte de Jesús, su Hijo, no era solamente el haber preferido morir a eludir la muerte (que ciertamente hubiera podido hacerlo), sino el haber aceptado la muerte por amor. Para que la aceptación de la muerte constituyera a alguien en mártir era preciso que, como Cristo, muriera por amor. MartirioAnte Dios el heroísmo puede significar tanto como la cobardía. El Dios bíblico no es un supervisor de virtudes humanas. En el martirio, el cristiano reconoce y confiesa que la fuerza para aceptarlo está en la gracia de Dios y no en su propio coraje. San Cipriano, obispo de Cartago que murió mártir, se enfrentó a cristianos demasiado polarizados a estimar el martirio en sí mismo, sin relación con el amor a Dios y a los hombres. Frente a tales entusiastas proclamó que “no son los mártires los que han hecho el Evangelio; es el Evangelio el que ha hecho a los mártires”. Algo bien distinto al “escribe con sangre y verás que la sangre es Espíritu” de Nietzsche.

Los altos responsables de las Iglesias que, al final de la polémica, quedaron apersonando a la ortodoxia católica, tomaron los riesgos de autorizar el reingreso de los “apóstatas” en los distintos grados de gravedad de su falta antes de tomar el riesgo de oscurecer el amor misericordioso de Dios. “Él sabe de qué pasta hemos sido hechos”; “Un corazón contrito y humillado, tú no lo desprecias” (Sal 50). La Iglesia de Cristo, en fin de cuentas, es construida por los fuertes pero acoge en su seno a los débiles. Por eso la Iglesia no se quedó en las proporciones de una secta de “elegidos” y de “perfectos” como el orfismo, el pitagorismo, la stoa el gnosticismo y varios movimientos cristianos que terminaron en cisma, sino que en gran parte creció hasta las proporciones que conocemos, incorporando a los débiles y los pecadores.

Desafortunadamente, el Derecho es una trascendencia que, por ser vulnerable, no puede permitirse la misericordia. Su posibilidad de existir como realidad trascendente y operante es el rigor de la sentencia: “Dura lex, sed lex”. Los enternecimientos que suelen presentarse en el campo de el Derecho y las Instituciones (el Presidente Turbay llegó a hablar de la “ternura del Estado”) son contaminaciones del cristianismo ambiental. Maquiavelo vio bien claro que una cosa es la santidad de los cristianos y otra la virtu del vivere civile. El Derecho liga bien con la Fuerza Armada y mal con el cristianismo. Nadie diría que vive según Cristo porque vive según el Derecho. Durante varios siglos, la Iglesia se abstuvo de admitir en su seno a los jueces; después, cuando Sociedad e Iglesia se fundieron en un solo cuerpo, no hubo otra posibilidad de que hubiera jueces que no fueran cristianos. El conflicto no desapareció por eso y hoy tenemos jueces y juristas eminentes y honorables que prefieren no ser cristianos practicantes.

LA HORA DEL DIÁLOGO
Ahora, cuando en la escena de nuestra vida nacional han entrado un M-19 y otras formas de concebir la vida civil que se han hecho duras por su militarización, es preciso que quienes vivimos de la fe tengamos mucha claridad acerca de lo que está amenazado; si el Estado de Derecho y las Instituciones Republicanas, o la fe cristiana. En una civilización excristiana o laicizada, en la que muchos han pensado y piensan que para ser un buen ciudadano es preciso no ser creyente, sería raro que hubiera alzados en armas que no pensaran que para ser un buen revolucionario es también necesario no ser un creyente. Sin embargo, no hay que prejuzgar; no debemos imaginar lo que puede ser verificado. Para saber lo que pasa en realidad a este respecto habría que dialogar.

Habría que dialogar acerca de la vida civil entre personeros del actual Estado de Derecho y quienes, con las armas en la mano están cuestionándolo. Es posiblemente lo que han pensado los guerrilleros con su “gran diálogo nacional”. Sería un diálogo con las armas en la mano porque, aunque los ciudadanos que obedecen a la Constitución no andan armados, tienen a las Fuerzas Armadas. Habría que dialogar también acerca de la vida de la fe entre personeros de la Iglesia y unos pecadores que parecen poco inclinados a arrepentirse y cambiar de vida, pero sin armas de parte y parte.

El primero de estos diálogos es el que han intentado el Presidente Betancur con su política de paz y ya está visto que no pudo hacerse. No se pudo con el M-19 pero tampoco se está haciendo con las FARC aunque no se estén intercambiando disparos y muertos con las Fuerzas Armadas. Ese diálogo es simplemente imposible porque los poderes no dialogan. Lo más a que llegan es a negociar concesiones. Para hacer posible tal diálogo sería preciso de parte del Gobierno un “cese a la legalidad” análogo al “cese al fuego” pedido desde el Palacio de Justicia por el Presidente de la Corte. Algo de esto es lo que ha hecho el Presidente Betancur con su política de paz definitivamente enterrada en el Palacio de Justicia.

dialogospazDialogar, lo que se llama dialogar, es algo que sólo puede realizarse al margen del poder. No sólo del poder de las armas sino de cualquier otra forma de poder que ponga a unos en ventaja o en desventaja respecto a los otros. Esto sería el diálogo cristiano, pero es el que no se ha hecho. De haberse hecho este diálogo podríamos saber, al menos, qué es lo que busca en realidad cada grupo guerrillero: sin cambiar el actual ordenamiento legal por considerar que es una ideología igualitaria democrática tras de la que operan, como detrás de una pantalla, minorías codiciosas y explotadoras; si “imponer el amor cristiano desde el poder del Estado”, como lo soñara Camilo Torres o, simplemente, hacerse al poder del Estado. En cualquiera de los dos primeros casos habría lugar a diálogos con posibilidades de llegar al consenso de que o bien la idea es irrealizable, como es el caso de la utopía camilista, o bien los cambios pueden ser trabajados más con educación política y organización de las mayorías que con apelación a las armas. En el tercero de los casos, habría que admitir la guerra como único medio de buscarle fin al conflicto.

Es con respecto a esta necesaria clarificación sobre la que nuestro cristiano Presidente de la República parece no haber tenido claridad. Es indudable que si el gobierno quiere conversar con revolucionarios armados, sea que esté apersonado por el propio jefe del Estado o por comisionados y que busque, para seguridad de ambas partes alguna zona fronteriza como La Uribe, Corinto, El Hobo o alguna residencia en el exterior, es preciso que acepte un cese a la legalidad, así sea hábilmente camuflado. Pero el cese a la legalidad, que es normal y lo indispensable para el diálogo cristiano o evangelizador, es inevitablemente autodestructivo para el Estado de Derecho. Uno no puede al mismo tiempo tener la más alta personería del Jus y apersonar el inexplicable amor a los hombres del Dios bíblico. Eso lo hizo una vez Carlomagno pero la experiencia es irrepetible.
EL QUE HACER Y EL QUE VA A PASAR
Las personas individuales, los sectores de opinión, los poderes significativos han venido coagulando a ritmo de emergencia sus enjuiciamientos sobre lo ocurrido en el Palacio de Justicia. Las opiniones difieren pero cada uno empieza a preguntarse por el futuro en las dos versiones de quienes lo hacen y de quienes lo padecen; de quienes se ven a sí mismos como protagonistas y se preguntan qué hacer, y de quienes, como el cura de Los Novios de Manzoni, salen cada día a informarse sobre “quiénes vamos ganando”.

He dicho antes que todos hemos contribuido, como en la muerte del comendador de Fuenteovejuna, a la tragedia del Palacio de Justicia, pero sería evadir la realidad el que la responsabilidad se disolviera en una abstracta y universal generalización. Para establecer un qué hacer es preciso partir de apreciaciones concretas e imputables.

Existe un consenso en relacionar lo actuado por el comando del M-19 con la descomposición general del país. Sin duda que la creación misma del M-19 responde ya a una descomposición general que se concreta en la pérdida de la confiabilidad ciudadana en las Instituciones del Estado. Es imposible desconocer que si el 20 de abril de 1970 el Presidente Lleras Restrepo “salvó al país” como es o al menos fue el sentir común de las clases dirigentes, las cosas ocurrieron dentro de una turbidez. Había razones para no confiar más en la respetabilidad del sufragio como medio de concretar un régimen democrático. Unos pocos tomaron el camino del M-19 pero fueron muchos los que tomaron el camino de la abstención electoral. Después no hemos dejado de oír sobre el clientelismo alimentado además con los auxilios parlamentarios, mientras se evidencia considerable abstención. Son cosas que convierten en parodia y en impostura ese sufragio universal que entró en la historia de Occidente entre los fulgores de la mística republicana.

dialogospaz 2En cuanto a la salvación del país, lo menos que cualquiera ha visto es que a partir de la administración del doctor Pastrana se disparó un proceso de enriquecimiento sin causa, anterior al del narcotráfico pero no menos estridente por el contraste entre unas clases opulentas y unas mayorías empobrecidas. El periodismo investigativo y, en menor medida, los organismos encargados de vigilar la moralidad civil, han sacado a la luz pública unas cuantas muestras de la corrupción que ha estado detrás de esos enriquecimientos. La patente de corso que protege las actividades económicas bajo la moralidad capitalista, ha hecho posible que esos desmanes queden prácticamente impunes aunque sus beneficiarios no son menos desalmados que los terroristas de todas las denominaciones, a juzgar por las víctimas que han producido. La tragedia que hoy todos lamentamos, no es ni la primera ni será la última cuota que el país paga por su “salvación” del 19 de Abril de 1970.

Esto en cuanto a la confiabilidad en que ha quedado para los colombianos el sufragio como instrumento de la civilidad republicana y la moralidad de quienes manejan la economía. Bajo la acometida de los señores Lleras, cuando la palabra de estos insignes hombres de Estado era un oráculo para todos los colombianos, el Estado le impuso al país con el apoyo de todos los medios de comunicación el uso de anticonceptivos prohibidos por el papa Pablo VI por razones de moralidad. Los motivos políticos fueron el control de la natalidad fundado en argumentos económicos y demográficos que siguen aún cuestionados, pero los efectos sobre la moralidad sexual, que no es toda la moralidad pero que tampoco puede considerarse independiente de la moralidad política y de la moralidad económica, son absolutamente comparables a la hecatombe humana y a los destrozos ocurridos en el Palacio de Justicia. Quienes tomaron la decisión de “salvar al país” de la hecatombe a que lo veían expuesto por la “explotación demográfica”, pusieron a andar un proceso de descomposición inconmensurable que entró en reciclaje con los procesos coincidentes de la descomposición política y económica. Por ahora estamos ante una hecatombe que no aparece derivada ni de la demografía ni de la economía sino de eso que los antiguos denominaban la pérdida del “temor de Dios”. Los modelos de salvación acogidos por nuestra burguesía entre suspiros de alivio han hecho su camino. El M-19 es ni más ni menos que una muestra entre varias de lo que están produciendo esas salvaciones.

DESHACER COMO SE HIZO
Hay el decir que las cosas se deshacen como se hacen. En lo político eso significaría devolverles a los colombianos la confianza en el sufragio. Que las clases que necesitan ser salvadas y que pueden producir salvadores como en el 19 de Abril de 1970 ponderen el precio que hoy estamos pagando. El sistema republicano en que estamos metidos fue, en sus orígenes, un invento de conventículos “ilustrados”, impuestos a mayorías ignorantes de lo que iba y de lo que venía en las gestas libertadoras y en las guerras civiles entre partidos. La democracia política está por acabarse de hacer.

Habría que llevar las cosas a su término mediante una educación política en la que todos, ilustrados e ignorantes, poderosos y sin poder, ricos y pobres tendríamos algo que aprender de la experiencia. Esta educación no puede ser distinta a cualquier otra en cuanto ha de ser educación de la libertad, lo que conlleva la aceptación de los riesgos de la libertad. Lo ocurrido el 19 de Abril, en la convicción de muchos, fue un corrérsele a los riesgos de un resultado electoral en el que el pueblo había expresado como nunca antes su voluntad política, a cuenta de que, para las clases favorecidas por el orden establecido, el partido triunfante era una chusma de raponeros e incompetentes.

Es imposible borrar de la memoria las imágenes de la televisión que dejaron en muchos la certeza del raponazo electoral, como es también imposible borrar el recuerdo de las súplicas gritadas por el doctor Reyes Echandía. No sabemos lo que hubiera sido el gobierno de la ANAPO con el General Rojas Pinilla a la cabeza, sólo llegamos a saber lo que ocurre. Tenemos a la vista en cambio, lo que ha sido la alternativa escogida por quienes tuvieron el poder de escogerla y no resulta convincente de que fuera una buena escogencia.

votacionEn el camino de esta rectificación ya se ha comenzado por la elección popular de alcaldes. Cualesquiera que sean las objeciones a esta decisión, es indudable que movilizará a muchos abstencionistas, que habrá menos aportes del clientelismo parlamentario y menos posibilidades de fraude electoral. Es probable, si, que algunos alcaldes resulten menos integrantes en la red gubernamental de lo que han sido y son los de “poner y quitar” por los gobernadores. Pero se trata precisamente de integrar en la realidad y no sólo en la formalidad, una comunidad política nacional mediante el recurso al sufragio universal.

EL PARTIDO COMUNISTA: INTERLOCUTOR INEVITABLE
Debemos encarar el hecho de que el gran ganador en la política de paz del Presidente Betancur son las FARC, o sea el comunismo internacional. Mientras las FARC se mantengan inactivas hacia el exterior, o sea hacia fuera de sus reductos, el M-19 no tiene más perspectivas que la de convertirse en terrorismo. Los otros grupos de alzados en armas avanzan rápidamente a convertirse en bandas de delincuentes, a menos que entren bajo la disciplina de las FARC. Todo parece indicar que el Presidente Betancur vio en el M-19 la alternativa al comunismo internacional, y que ello explica sus hoy lamentadas concesiones a sus dirigentes.

Si fue así, era una expectativa razonable. Al embanderarse con Bolívar dieron pie a esperar posiciones nacionalistas en política. De un momento a otro empezó a haber mucho Fidel, mucho Kadhafi, y por si fuera poco, muchos capos. Fuera de lo que fuera, el M-19 no respondió a esa expectativa.

Debemos pues aterrizar, y decirnos que la cuestión es con el partido comunista colombiano y, aquí si, plantear el diálogo como una alternativa. Esto podría ser ahora que el partido comunista no es gobierno y cuando, por favorables que se les hayan puesto las cosas, tendrían que superar muchos retenes antes de un triunfo democrático. Ya es bien sabido que, una vez en el poder el comunismo, es impermeable al diálogo.

Por ahora podríamos pensar que muchos de los comunistas colombianos y, entre éstos, algunos altamente situados en la jerarquía del partido, no han perdido su pertenencia al país. Podemos dialogar con ellos con la mira, no de que abandonen el comunismo, pues para ello habríamos de mostrarles una alternativa mejor que cualquiera de nuestros actuales partidos políticos, sino de que permanezcan colombianos. Lo que movió a un Teodoro Petkof y a un Pompeyo Márquez a separarse del partido comunista aunque no de los ideales socialistas fue el horror a quedar convertidos en fichas de una instancia de poder remota y enigmática.Pizarro Lo que nos horroriza es el espectáculo de un Daniel Ortega saliendo disparado a Moscú inmediatamente después de que una mayoría del Congreso de los Estados Unidos inflige a Reagan una derrota en su política de apoyo a los “contras”, como si hubiera de hacerse perdonar del patrón ruso el favor recibido de unos gringos realmente demócratas. Los comunistas colombianos han puesto en marcha el más efectivo movimiento de educación política hecho de concientización y de organización, y lo están logrando con los sectores más difíciles de educar políticamente como son los campesinos en zonas de colonización. Es un campo en el que solamente las sectas protestantes consiguen resultados comparables. ¿Por qué pensar que sobre los comunistas de cualquier parte del mundo pesa la facilidad de “regalarse” a una potencia extranjera? ¿Que hacen su proselitismo militarizando a los campesinos? Claro que sí. Pero nadie que no se haya dejado embobar por el civilismo liberal ignora que sólo hay realidad política donde hay realidad militar. En Colombia tenemos un civilismo que se da el lujo de ser antimilitarista, sin dejar por eso de reclamarles a los militares porque no protegen debidamente la vida y bienes de los civilistas.

EL DINERO, MESIAS INCUESTIONADO
El Presidente Betancur ha dicho muchas veces sin que nadie se lo haya objetado que “la cuestión es con dinero”, como en la canción de Sebastián. No diré que el dinero no sea necesario, y mucho, para gobernar democráticamente un país, pero sí que no es lo primero. El ver las cosas en la perspectiva de “Buscar primero el dinero y todo lo demás vendrá por añadidura”, deja ocultos resortes mucho más determinantes de una convivencia pacífica. Deja oculto también algo que el Presidente nunca hubiera querido decir y que finalmente ha venido a decirlo: que la cuestión es también con armas. Un gobernante ha de asegurarse ante todo lo que es trascendente, dejando en segundo plano lo que es susceptible de más y de menos como es el caso de la economía en nuestra cultura. Un Gobierno puede acomodarse a un más o un menos de recursos económicos, pero si se trata de un Gobierno Republicano y democrático no puede acomodarse a un más o menos de legalidad.

La visión mesiánica del dinero ha llevado a nuestro país como a los demás del Tercer Mundo al endeudamiento en que hoy se encuentra y a hacer del diálogo con el Fondo Monetario Internacional un asunto de vida o muerte. Sin duda que, de no cambiar la valoración que está haciendo del dinero, llegamos inevitablemente al dilema del cobarde vivo o el valiente muerto, que, en el caso, es el de entregar por pedazos la vida a los prestamistas o morir de una vez con dignidad. El problema le ha dado ya a Fidel Castro la oportunidad de darnos el consejo de no arrodillarnos ante los prestamistas sin perjuicio de seguir él mismo arrodillado ante Moscú.

La solución no está en pelearnos con quienes nos han prestado un dinero que ha sido dilapidado o mal invertido, ni la dignidad puede consistir en no pagar las deudas. La solución está en gastar menos y producir más como todos lo andan diciendo. Pero a la hora de los hechos todo sigue igual porque estamos atrapados en patrones culturales que impelen a seguir gastando más de lo necesario y a producir menos de lo que es posible producir.

Reina1985Ejemplo de esquizofrenia entre lo que se dice y lo que se hace ha sido la continuación del reinado de belleza de Cartagena por encima de los horripilantes acontecimientos del Palacio de Justicia. Varios de los “anchormen” (periodistas) de la televisión pasaban de poner las caras más compungidas a “gallinazear” con las reinas sin más preámbulos que “ya que hemos oído noticias tan malas, vamos a oír unas buenas”. Todo se vuelve tema de comentarios y farándula, y por eso todo se vuelve tragedia.

Nos encontramos ante la necesidad de una educación económica que cambie patrones culturales de consumo y producción viciosos, como antes nos hemos encontrado con la necesidad de una educación política que haga efectiva la participación democrática en el gobierno. Los gremios económicos han trabajado mucho sobre este punto y han propuesto fórmulas juiciosas pero todo queda en nada cuando, para empezar, se plantea algo tan obvio, tan razonable y tan realizable como lo es el salario integral.

El país no podrá salir de la olleta económica en que está cocinándose sin la participación de trabajadores organizados, pero éstos han adquirido una especie de SIDA que los incapacita para guiar a las clases trabajadoras hacia patrones de comportamiento económico más acordes con la situación general del país.

Lo primero es que, en vez de una educación económica, las clases pobres han interiorizado y siguen interiorizando los patrones culturales de las clases ricas que son los de consumir más de lo necesario y producir menos de lo posible. Los encuestadores de “rating” de esas perdederas de tiempo que son las telenovelas saben lo que hacen cuando acuden antes que todo a hogares de clases medias bajas en donde faltan muchas cosas necesarias que podrían adquirirse con unas horas más de trabajo por día. Consumir farándula es para los pobres el consumo de turismo fino de los ricos. Lo que más importa a los pobres es ser como los ricos. Lo segundo es que se han aferrado al estatuto de incapaces económicos en que los colocó una legislación laboral paternalista. Ningún diálogo entre empresarios y trabajadores ha sido posible por la sacralización, la intocabilidad y el tabú que las centrales obreras han hecho del prestacionismo, como si, por ser trabajadores no pudieran llegar a convenios sobre salarios integrales. dinero1La insistencia de los gremios empleadores en suprimir ese limitante del empleo y de la producción que es el prestacionismo, no es necedad ni maniobra diabólica del capitalismo. La verdad es que las prestaciones, sobre todo las de efecto retroactivo, que son vividas por los trabajadores como “garantías” son vividas por los empleadores como una espada de Damocles sobre el futuro de las empresas. Las prestaciones son el acreedor escondido que acecha el momento del despido para caerle al deudor con un rigor que deje las exigencias del FMI en pañales. Para quitarle de encima esa espada, las empresas más desarrolladas pagan expertos y técnicas de objetivación electrónica sin otro beneficio que sacar al acreedor de su escondite. Esto conlleva gastos empresariales que, si el salario fuera integral, podrían ir a manos de los trabajadores en vez de ir a los expertos y a las computadoras. Pero hay mucho más. El hecho de que la acreencia del trabajador o la deuda del empleador sea algo escondido y potencialmente discutible, alimenta una verdadera paranoia, un antagonismo, una mentalidad de guerra entre clases, cuyo impacto sobre la producción es incomparablemente más desfavorable que el desgaste económico en expertos y en litigios ante las autoridades laborales.

Es claro que toda esa parafernalia de leyes que concretan en instancias jurídicas las “conquistas de los trabajadores” no se ha dado por generación espontánea. Todo eso fue más que motivado por los patrones de comportamiento de un capitalismo frenético, generador de una dispersión en los ingresos entre propietarios y asalariados cada vez más amplia. Todo esto es “histórico”, es decir, razonable y necesario en vista de determinadas costumbres del momento, pero los producidos históricos no tienen porqué fraguarse en sacralidades intocables, en trascendencias. La institucionalización de un producto histórico es algo normal en el proceso de las sociedades y hasta de la Iglesia, pero una cosa es la institucionalización y otra la eternización o sacralización. Una cosa son los producidos históricos y otra las realidades transcendentes. Si se eternizan y sacralizan los productos históricos como si fueran trascendentes, actúan sobre la vida de sociedad a la manera en que actúan los catabolitos de un ser vivo sobre su propia supervivencia. Los producidos de la historia, al cambiar la circunstancia en que se produjeron, pasan a ser patógenos, inhibidores y bloqueadores de los procesos vitales.

El caso del prestacionismo es clave en el despegue de la producción pero él mismo es el subproducto de una mentalidad economista que sobrevalora el dinero con respecto a la vida humana. Los economistas le han puesto a esta distorsión de la relación valorativa entre el dinero y la vida humana varios nombres que se recapitulan en el concepto de capitalismo, pero esta palabra ha perdido la capacidad comunicativa de realidades concretas para convertirse en santo y seña de la lucha entre clases. El economismo está en la antípoda de la solidaridad. De esta solidaridad que brota a borbotones de todas las personas, cualquiera que sea la clase social a que pertenecen, ante los grandes episodios del dolor humano. FMiEl economismo hace de los concurrentes a cada producción enemigos potenciales, al punto que unos y otros reciben la proliferación de leyes laborales, o como el mayor de los bienes si son trabajadores, o como mal inevitable si son empleadores. El juridicismo y el legalismo laborales bloquean la lucha feral entre las fuerzas de la producción pero apartan las mentes del papel de la producción en la vida humana. Se invierte con miras al lucro, se trabaja con miras a las “garantías”, pero esto actúa como un “boumerang” contra la producción, contra el empleo y contra la economía. Si en vez de buscar primero la economía se buscara “el Reino de Dios y su justicia”, es decir, la solidaridad alrededor de la vida humana como ocurre en las grandes catástrofes, la economía vendría como añadidura. Esto en cuanto al qué hacer futuro. Por lo pronto estamos en el capitalismo.

El capitalismo envuelve o penetra la totalidad de una sociedad, desde los más ricos hasta los más pobres. Lo demás, el consumo de productos innecesarios a la vida y el subconsumo de lo necesario, viene por añadidura. En vez del cambio puede seguir la banalidad y la superficialidad de la “realidad cotidiana”. El capitalismo y su derivado, el consumismo, van de brazo con la farándula que se nutre de ellos y a su vez los alimenta.

EL DELITO ECONOMICO
Esta “normalidad”, este “realismo” que pone el dinero por encima de la vida humana puede ser vista como una distorsión, una corrupción y finalmente un delito solamente si se llega a verlo desde la Biblia y especialmente desde el Evangelio. Allí la relación aparece invertida y no en especulaciones angelistas sino en el más crudo y fuerte realismo comercial: “¿De qué sirve al hombre, dice el texto, ganar el mundo entero si pierde su vida?”(Mat 16, 26), también: “Si tu ojo te sirve de tropiezo, arráncatelo y arrójalo lejos (Mc 9, 47). “Si tu mano derecha te sirve de tropiezo, córtatela y bótala” (Mc 9, 43).

He dicho antes que nuestra cultura, la cultura que nos concierne, ha expedido patente de corso a la economía. La moral de la economía es su amoralidad. En materia de bienes de dinero puede cada uno ir hasta donde lo dejen las leyes, o los competidores o los propietarios. No solamente puede sino que debe. Existe una ética no formulada del enriquecimiento. Hace algunos años, cuando me encontraba con antiguos condiscípulos, a la pregunta de ¿”Cómo te va?”, respondían invariablemente como si la pregunta hubiera sido: “Cuándo estás ganando?”. Todo esto se refleja en el tratamiento que la sociedad y los tribunales de justicia dan a los enriquecimientos delictuosos. Tratamiento mucho más benigno que el dado a los delitos contra la propiedad privada.

No ha sido siempre así. Cuando los guías de la sociedad y los forjadores de costumbres eran hombres aplicados al estudio del Evangelio y a la forma de concretar en modelos históricos estos textos venerados, fue otro el tratamiento que se dio a los hechos económicos. San Basilio, que fue uno de los precursores de la civilización medieval, no dudó en afirmar que si alguien, teniendo lo superfluo niega ayuda a otro y éste llega a morir por falta de esa ayuda, es responsable de esa muerte como cualquier homicida. Esos guías hablaban a gentes bárbaras, muchísimo menos sensibilizadas a la solidaridad con los necesitados que las gentes de hoy, pero hablaban teniendo como norma el evangelio. Hoy, en cambio, la economía se desenvuelve teniendo como norma moral simples leyes inspiradas en costumbres. La propiedad privada elevada a trascendencia en cuanto Derecho, ha estrangulado el Evangelio. Quienes hoy tienen o creen tener “hambre y sed de justicia” ven en el interior de un contexto juridicista, legalista, político, y piensan que lo único por hacer es cambiar las leyes. A las buenas, lo que es más difícil, o a las malas mediante la revolución cruenta como lo enseñara Lenin. El Evangelio no ha sido promulgado como sustituto del Derecho pero tampoco puede vivir como uno de tantos producidos de la Ley. Si vive, ha de inspirar no solamente esas iniciativas extralegales que son las “obras religiosas” sino que ha de hacerse sentir sobre el mismo Derecho, llevándolo a presidir y proteger legislaciones más afines a la solidaridad que a “derechos” de los individuos, derechos tan “inalienables” como legitimadores de la insolidaridad.

Palacio0No pretendo sacarle partido a la tragedia que estamos comentando para hacer apologética, sino de buscar un ángulo o un punto desde el cual evaluar el trágico acontecimiento, ahora que muchos lo están reduciendo a si el Presidente Betancur hizo mal o hizo bien al no responder la súplica angustiosa del Presidente de la Corte, o si el ejército hubiera podido salvar la democracia y las instituciones con menor costo de rehenes. Lo que pretendo, al menos para mí, es dar el paso de “Qué va a pasar?” al “Qué vamos a hacer”. Poner de presente que este asunto de la subversión, del terrorismo o de la revolución tiene que ver con el hecho de que en toda sociedad, como ya lo anotaba Gandhi, las clases más aventajadas cultural y económicamente llevan una responsabilidad mayor que las menos desarrolladas, pues juegan, quiéranlo o no, el papel de pedagogas. Los pobres aprenden de los ricos así como los ignorantes aprenden de los ilustrados y como los niños aprenden de los adultos. Debemos saber que si hoy hay una guerra de clases alimentada por un reparto inequitativo de los bienes de producción, el desorden ha comenzado por los más aprovechados dentro de las relaciones de producción; que el paso a un nuevo orden ha de ser protagonizado primordialmente por quienes dan la pauta del modo de vivir. También debemos tener en cuenta que, llegadas las cosas al punto en que han llegado, nada se saca de una lectura moralista y culpabilista según la cual solamente los ricos y los poderosos son culpables y los pobres son inocentes. La realidad es que la historia va metiendo a todos en el mismo saco, a unos como promotores del mal, a otros como cómplices voluntarios o involuntarios, y que a la hora de las grandes hecatombes no discrimina entre justos e inocentes. Es lo que acabamos de contemplar en la toma del Palacio de Justicia. Si las cosas son así, la tarea de un reordenamiento dirigido fundamentalmente a promover y defender la vida humana es asunto de todos; de los ricos y de los pobres, de los ilustrados y de los ignorantes.

El orden en que hemos venido viviendo los colombianos, fundamentalmente paternalista, está construido sobre el implícito de que los ricos y los poderosos tienen el monopolio de las ventajas económicas del sistema pero también de sus responsabilidades, en tanto que los pobres tienen las desventajas económicas pero compensadas con la irresponsabilidad frente a los acontecimientos. Lo menos que podemos decir de tal sistema es que no es democrático ni igualitario. El Quijote muestra en genial caricatura lo que era un sistema en el que el honor iba con los riesgos militares mientras la villanía iba con las ventajas de la seguridad. Sabemos que el comunismo busca la rectificación de tal sistema radicalizándolo con la división de una minoría que sabe y puede, la Nomenclatura, y una mayoría que no sabe ni puede y que solamente recibe los beneficios del sistema. Esto es todo lo contradictorio que se quiera con el hecho de que el comunismo, en la fase de la conquista del poder, se apoya en la educación, y en el protagonismo de los pobres, pero eso es asunto de los comunistas. Frente a la tarea de salvar y fortalecer el sistema republicano y democrático es preciso cambiar el modelo paternalista por otro en el que tanto los ricos, los ilustrados y los poderosos como los pobres, los ignorantes y los marginados sean movilizados hacia la tarea de hacer del país un ecosistema propicio a la promoción y a la vida de todos.

Tal es la única política de paz con probabilidades de llegar a producir la paz, pero aquí viene el punto de la trascendencia, o mejor, de las trascendencias. Pongo el pero por delante, porque empiezan a zumbar voces que hablan de las Instituciones, o sea de las trascendencias, como de “beaterías” o de antiguallas a las que fueron sacrificados los Magistrados y el resto de las ciento o más víctimas del Palacio de Justicia. Es bien probable que algunos defiendan el primado de las instituciones sobre la vida de los Magistrados y demás rehenes porque están situados del lado al que van las ventajas del actual sistema. Esos tales estarían haciendo de las Instituciones una ideología. Frente al futuro inmediato, frente al que hacer, tendríamos que escoger entre darle efectividad y productividad a las instituciones republicanas y democráticas, o cambiar de trascendencia.

EL DERECHO, NI RESPETADO NI PRODUCTIVO
La configuración del sistema republicano, vino con la edad de oro del Derecho y de las instituciones políticas como trascendencia. Ninguna instancia fue entonces más respetada y todo lo que era creación e innovación profesaba inspirarse en el Derecho y en las instituciones políticas. Fue el clímax del juridicismo y de la politización. En el momento de tomar una decisión sobre el qué hacer con esta trascendencia, si devolverle respetabilidad y productividad a como sea, o si cambiarla por otra, la situación moral del país está marcada por estas dos notas: de una parte, un sentir común, popular, que no entiende ni acepta cómo pudieron ser sacrificados más de 100 personas atrapadas en el Palacio de Justicia en aras de la instancia impersonal del Estado de Derecho. Tal sentir no es el espíritu revolucionario o subversivo, pero de tener que escoger entre el Ejército y el M-19, no tendrían criterio distinto al de su sentimentalismo. De otra parte, las mismas gentes han reaccionado ante la catástrofe de Armero y de Chinchiná con una solidaridad espontánea, sentimental, pasando completamente por alto si eso es o no un deber, si al hacerlo obedecen a alguna trascendencia. La trascendencia que, en teoría, sirve de columna vertebral a nuestra convivencia civil, es desatendida, lo mismo para hacerle ambiente al anarquismo que para producir admirables hechos de solidaridad. Estamos en el punto en que el rating del Derecho ha descendido peligrosamente y en el que la fe ni siquiera entre en el rating porque cualquiera que sea la magnitud de su respetabilidad y productividad, está fuera de la vigencia, en la marginalidad.

EL FIN DE LAS PARODIAS
Signo_pazEste final de las ideologías, este ocaso de los dioses, esta crisis de la trascendencia o como quiera llamárselo, corresponde muy probablemente a un hambre de verdad y un rechazo a la parodia. El hippismo de los años 60, la revuelta de mayo del 68, fueron interpretados por los criterios en tal sentido. Otro signo de nuestro tiempo es el crecimiento sin precedentes de la farándula y de las competencias deportivas. A falta de verdades viene la ficción que se presenta con la verdad de que “esto es solamente ficción”. A falta de guerras limpias y de revoluciones que no sean traicionadas, vienen estas guerras en que los combatientes, exhaustos aún por el esfuerzo realizado, terminan abrazándose. Solamente que eso no impide los Apocalipsis y las catástrofes naturales, y éstas obligan a pensar de nuevo y ordenar de nuevo cosas que dábamos por definitivamente establecidas.

El Estado de Derecho entró en la historia de Occidente con las banderas de la inmanencia, venciendo en lucha ardua y prolongada una tradición de siglos que reclamaba obediencia a las autoridades a nombre de Dios, en quien se recapitulaban todas las instituciones. Este cambio, iniciado por el realismo político de Maquiavelo para quien “los profetas desarmados son siempre vencidos por los profetas armados”, realismo por el que se afirma la superioridad de lo inmanente sobre lo trascendente, llega a la Revolución Francesa vestido de trascendencia. Sin duda se afirma aún que “el poder está en el pueblo y viene del pueblo”, lo que era afirmar que está en lo inmanente y viene de lo inmanente, pero mediante determinados procesos ideológicos, la trascendencia era “recuperada” en la forma de Institución Republicana. Como cristiano pienso que la única trascendencia real, no ideologizable ni manipulable es el “Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo”. Sin embargo, en el punto en que nos encontramos, la alternativa a que estamos enfrentados para promover y defender la vida humana, no es la de escoger entre el Gobierno de Dios y la anarquía, sino entre la anarquía o la institución republicana y democrática. Para el gobierno de Dios sigue siendo la Iglesia.

Es posible que el aumento ilimitado de las posibilidades de la vida presente que ha venido con la abundancia del capitalismo industrial, y posibilidades radicalizadas al extremo límite de la capacidad de goce del cuerpo humano por la liberación sexual, cree un clima refractario a la aceptación de lo trascendente. Morir cuando aún la vida es disfrutable resulta lo absolutamente inaceptable. Todo lo que existe, comenzando por el Estado, debería tener como único objetivo la vida humana en cuanto ésta es aún disfrutable.

Antes de rechazar este inmanentismo vitalista debemos reconocer que es la voz del sentido común, debemos reconocerle el mérito de ser “humano”, humanísimo. Tan humano como reconocer que “la línea recta es el cambio más corto entre dos puntos”. Lo que ocurre es que la realidad humana no se produce de acuerdo al sentido común sino a la dialéctica. Para llegar a un punto que está adelante, hay que pasar por su contrario, o sea, por la más larga de las líneas posibles entre los dos puntos. Para asegurar la vida hay que pasar por la muerte o, como dijo el magistrado Montoya Jaramillo en un noticiero de T.V., “donde hay muerte hay resurrecciones”. El hombre está naturalmente, por sentido común, en contra de la trascendencia antes de estar en pro de ella. La primera impresión que el hombre ha tenido de la trascendencia es la de Moloch, la divinidad devoradora de hombres. En todas las culturas diferentes a la bíblica los hombres han sacrificado vidas humanas a la divinidad devoradora de hombres. El inmanentismo, el vitalismo humanista tiene su validez cuando es reacción contra divinidades devoradoras de hombres.

La validez de una trascendencia está en ser un momento en la dialéctica de la realidad humana. Momento negativo, ciertamente, pero no definitivo como en el culto a Moloch. Asegurar la vida es hacer que la vida se produzca como vida; para pasar de un momento de vida humana a otro momento de vida humana, hay que pasar por la trascendencia. Los cristianos lo sabemos desde nuestra primera iniciación. Cristo pasa de su vida mortal, perecible, a una vida no perecible, pasando por la muerte y el sepulcro. Es el misterio pascual. Dios, su Padre, es la trascendencia que en la angustia del Huerto de Getsemaní se mostró implacable, inhumano, pero es también la trascendencia que lo devuelve a la vida. Los cristianos entramos en esa misma perspectiva por la que se entrega la vida a una trascendencia para recibirla, mejorada, de esa misma trascendencia. Con las instituciones republicanas pasa algo que no es lo mismo pero sí es análogo. El Magistrado Montoya Jaramillo, al ser preguntado capciosamente por el periodista de “Telediario” si el Presidente Betancur había querido o no salvar la vida de los Magistrados y de los demás rehenes, respondió categóricamente.P_betancour “El Presidente Betancur no quiso que murieran esas personas; él quiso salvar las instituciones, salvar la Nación”. Respuesta que tiene a la vista la índole dialéctica de la vida civil. Como ciudadanos de un Estado de Derecho vivimos al abrigo de las instituciones pero hemos de vivir dispuestos a que estas instituciones vivan a su vez de nosotros. Es lo que hace un servidor de la ley, de la justicia y del derecho en su vida cotidiana mientras la historia le pida algo más que su honestidad y laboriosidad: la vida misma. Desde luego que hay mucha distancia entre el Derecho, la Justicia o el Jus y el Dios bíblico. Aquélla es una trascendencia que tiene la realidad que nosotros mismos le demos al sacrificarle nuestra inmanencia, mientras “el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo” es trascendencia que existe con nosotros, sin nosotros y a pesar de nosotros. JesusAquella trascendencia devuelve la vida que se entrega, pero no en cabeza de quien le hizo la entrega sino en cabeza de los que le sobreviven; el Dios de los cristianos devuelve la vida a quien se la entrega y además, por añadidura, a quienes llegan a creer por su testimonio.

Ambas trascendencias, la religiosa y la civil, están por lo pronto en el taller. Entre tanto, mientras vuelven a brillar en el cielo de lo respetado y productivo, hemos de habérnoslas como si todo dependiera de nuestras decisiones; como si no hubiera trascendencia. En tiempos en que el pueblo judío vivía una situación comparable a ésta en que estamos, vino la palabra del profeta Isaías con este mensaje: “En la quietud y en la conversión está vuestra fortaleza.” Quietud, recogimiento, calma por sobre los sacudimientos de los hombres y de la naturaleza, y decisiones por el cambio.