LA FE DE LOS POBRES

Por Hernán Vergara Delgado

La devoción al Señor de los Milagros de Buga se presenta, en primer térmi­no, como devoción del pueblo anónimo y necesitado. Las pocas personas que sin ser anónimas ni necesitadas comparten esta devoción no alcanzan a in­validar el hecho, que se impone a quien quiera que ha sido visitante habi­tual de este santuario, de que lo que se hace presente aquí es la religio­sidad popular. La fe en el Señor de los Milagros de Buga es, indiscutiblemente, une fe de pobres.

Senor Milagros Buga 11 septiembre x 300Lo primero que he de precisar, para que nos situemos en el asunto de que se trata, es que una cosa es la fe de los pobres y otra la reflexión sobre esa fe. Entre las dos hay esa distancia que exasperaba a Goethe cuando comparaba la vida que se vive con la reflexión sobre la vida. No tengo pues la pretensión de ser un vocero de la fe de los pobres. Mi aspiración es la muy modesta de reflexionar sobre ella.

Cuando Dios habla por primera vez a Moisés en el Monte Horeb desde la zar­za en llamas, lo previene: “No te acerques aquí sin antes quitarte las sandalias, porque el lugar en que estás es tierra sagrada” (Ex 3, 5). Al disponerme a pensar sobre lo que ocurre en este Horeb que es el santuario del Señor de los Milagros de Buga, en donde Dios y sus pobres tienen coloquios de intimidad y ternura inimaginables, siento también que debo despojarme de algo que no estaría bien conservar. Siento que debo despojarme de cualquier sentimiento de superioridad respecto a los peregrinos que pudiera venirme de mis costumbres de intelectual. Miramos, observamos esa fe de los pobres que aquí se ostenta con excepcional pureza; rondamos alrededor de esa fe, desde fuera, desde lejos, desde arriba. La miramos desde la inteligencia que observa y reflexiona. Somos las polillas que giran alrededor de esa llama sin entrar en ella, sin dejarnos quemar por ella, sin trasformarnos en la llama.

Despojados de la impedimenta, acerquémonos, pues, a mirar:

pobres01El Señor de los Milagros de Buga es Él y sus pobres. Él está siempre para sus pobres y éstos nunca le faltan. Los pobres vienen y vuelven a venir a mirarlo y a sentirse mirados por Él; a tocarlo y a sentirse tocados por Él. Hacen como los niños que, al aprender a caminar, vienen y vuelven a venir al regazo de la abuela. De esa abuelita que está siem­pre allí, en su silla, remendando, pegando botones, rezando alguna nove­na con una mirada y una sonrisa siempre disponible para el nietecito que nunca se sacia de buscarla.

No se sabe a las claras qué consiguen los pobres con sus peregrinaciones y en sus visitas al Señor de los Milagros. De vez en cuando, pero muy de vez en cuando, se difunde la noticia de alguna curación milagrosa o de algún favor extraordinario. Sin embargo, la persistencia de los pobres en venir, lo que cuentan a otros que luego se interesan en venir, indica que siempre consiguen algo muy valioso e insustituible. Tampoco se sabe a las claras qué consiguen los niños cada vez que van a poner en el regazo de la abuela lo que recogen por ahí, o cuando simplemente, van a recostarse y a hundir un momento en él sus cabecitas.

O sí; tal vez sí lo sabemos.  Los pobres saben que son importantes para el Señor de los Milagros, y hasta que son lo único importante para Él; igual que los nietecitos para la abuela, sienten también, con un sentir que jamás se pone en duda, que el Señor de los Milagros es de fiar, igual que lo sienten los nietos con su abuela. Ser importante y tener alguien de fiar, ¡eso es vida!

Por fuera, en el mundo de los hombres, también se puede llegar a ser importante. Pero, ¡son tan pocos los que logran serlo! Uno sólo, por ejemplo, puede ser presidente de la República, y hay que esperar cuatro años, por lo menos, para que otro también pueda serlo. ¡Cómo cuesta serlo y cómo se pa­ga de caro por haberlo conseguido! Uno sólo entre muchos millones y en muchos años puede ser Napoleón Bonaparte, o Hitler, o Stalin, o Mao, pero ¡cuánta gente ha de ser matada, despojada, atropellada, para que pueda serlo! Para llegar a ser un millonario a cuyo nombre se abren puertas, se inclinan funcionarios, sonríen aduladores, mucha gente ha de quedarse para hacer colas ante puertas que no se abren, o pasar inadvertidos por funcionarios displicentes, o ver que el rostro del presunto benefactor se ensombrece con la expresión de que la situación “está muy mala”.

Lucky Man¡Tener alguien de fiar! Una película inglesa que pasó casi desapercibida a pesar de su excelente calidad, ironiza con el tema de una canción hippie cuya letra afirma: “Si encuentras un amigo de fiar, eres un hombre con suerte”. El protagonista, que en la película ha de mostrar lo que es un hombre con suerte, va encontrando personas a las que se entrega en cuer­po y alma como si fueran de fiar. Todas esas personas, unas tras otras, van resultando desalmados que se aprovechan de su ingenuidad y buena fe. A la postre, resulta el hombre más de malas, en tanto que los hippies siguen cantando tan campantes su canción, como si los amigos de fiar no pudieran existir más que en los sueños de juventud. En mi infancia le oí cantar a una campesina, mientras hacía sus quehaceres domésticos, una canción cuya letra sólo muchos años después vine e comprender:

“Al pasar por la fragua
dije al herrero
que me hiciera un amante
de firme acero.

Y él me respondió:
¿Cómo ha de ser firme
si ha de ser hombre?”

“Maldito el hombre que se fía del hombre”, dice el Espíritu Santo por boca del profeta Jeremías (Jer 17,5); y, en un salmo, el mismo Espíritu dicta al salmista este lamento: “Yo he dicho en mi decepción: ¡Todo hombre es mentiroso!” (Sal 116, 11). La Biblia entera, a través de sus más variados escritos, golpea insistentemente la confianza que el hombre tiende espontáneamente a poner en el hombre. La confianza es la que salva, la confianza es la que hace posible la vida, pero sólo Dios y aquellos que se dejan mover por el Espíritu de Dios son de fiar. En esto se distingue el Dios verdadero de los ídolos. En eso se distingue de las grandezas, de los prestigios, de las instituciones que los hombres construyen para darse a sí mismos confianza y para hacer que la multitud de la gente, que carece de buen sentido, ponga en ellos su confianza.

Entre los siglos octavo y sexto antes de Cristo, los dirigentes del pueblo judío estuvieron buscando la ayuda de Egipto, que por entonces era uno de los dos más grandes imperios, para hacer frente a la invasión que temían del reino asirio que era el otro imperio. Los grandes profetas de esos dos siglos, primero Isaías y después Jeremías, trataron de disuadirlos de esa política que, finalmente, causó la ruina de Estado Israelita. “Egipto es un hombre; no es Dios”, fue su insistente predicación. Para apoyar ese mensaje de que Dios y sólo Él es de fiar, los autores inspirados no retrocedieron ante las más atrevidas comparaciones: “Si mi padre y mi madre me abandonan, Dios no me abandonará”. (Sal 27,10)

confiar en DiosLa fe no se puede decir, como tampoco la pobreza. La fe es un confiar que sólo se declara a aquel en quien se confía. No es un tema sobre el cual disertar en reuniones sociales o en los congresos científicos. La fe es una necesidad, una indigencia, que solamente se dice y se muestra a quien pue­de y quiera remediarla. Le fe es propiamente la pobreza, pero es una pobreza que no avergüenza porque se descubre a quien no ofende la pobreza. Tal es el caso justamente de Dios. A los hombres nos cae bien alguien siempre que tenga algo que darnos, algo que comunicarnos, algo que al menos poda­mos admirar. El pobre, el que nada tiene, nos cae mal. En uno de los tex­tos más dicientes de la Sagrada Escritura, dice el autor inspirado: “En esto conozco que eres mi Dios: en que no necesitas de mis bienes”. ¡Qué alivio, qué descanso, qué libertad, qué alegría, poder uno ser el que es, no tener que ocultar nada, no tener que hacer ostentación de nada, porque la persona ante la que estamos no se horroriza de nuestras lacras ni se halaga con nuestros bienes!  Ese es el alivio, el descanso, la libertad y la alegría que vemos en los peregrinos del Señor de los Milagros.

Le fe es la pobreza que no avergüenza, pero también es una vergüenza. Es esa vergüenza de los peregrinos que los trae silenciosos, cavilosos, con su pecado adentro, para decirlo al Padre que está allí en la basílica del Señor de los Milagros, en ese botadero de pecados y en ese lavadero de conciencias que es el confesionario. Esa vergüenza es el salvoconducto, es el pasaporte, es la carta de recomendación para llegar seguramente, con pleno derecho, ante el Señor de los Milagros.Corazon contrito “Tu nunca desprecias, dice el Salmo 50, a un corazón contrito y humillado”. No es adecuado hablar simplemente de religiosidad popular para nombrar lo que estamos nombrando. La fe de estos pobres que acuden a este santuario es fe de católicos que están seguros de caerle bien a Dios pero que saben buscarlo y encontrarlo en la mediación del culto e imágenes que la jerarquía ha autorizado, en la mediación del sacerdocio y de los sacramentos.

La fe de los pobres es también ese amor triturante que alimenta el conti­nuo fluir de peregrinos. Amor indecible, inconfesable, como si fuera una falta, porque se hace imposible de ser comprendido y comunicado. Amor de las madres cuyos hijos han ido a parar a una cárcel o están en el camino de la delincuencia; amor de los padres cuyas hijas han ido a parar a un prostíbulo o están en el camino de la prostitución. Amor de las esposas que han dejado de ocupar el corazón de sus maridos y saben que solamente Dios puede mover ese corazón y restituirlo al seno del hogar.

La fe de los pobres es la riqueza básica de la Iglesia.  Es la reserva a la que ha acudido la Iglesia en cada tiempo de crisis. En ella ha renovado su sangre, como si dijéramos, cuando por la acción de un período largo de bo­nanza y de acomodación a los poderes del mundo la vida cristiana ha perdido vitalidad, capacidad de resistencia a costumbres degradantes, conciencia de sí y de lo que la hace superior a las grandezas simplemente humanas. Los personeros y conductores de la Iglesia muestran que están en buena comunicación con el Espíritu Santo cuando cuidan la fe popular como la niña de sus ojos. Se puede decir que si la fe es el apoyo de los pobres, éstos son el apoyo de la fe.

Cardenal Newman AnglicanoEl cardenal Newman, quien después de ser una de las más brillantes personalidades de la Iglesia anglicana se convirtió al catolicismo, descubrió a través de cuidadosa investigación sobre la historia del cristianismo en los primeros siglos cómo la fe del pueblo, de los cristianos anónimos, había jugado papel decisivo en la defensa de la ortodoxia o sea la verdadera fe cristiana en períodos altamente críticos. El hecho se hizo particularmente evidente durante todo el siglo cuarto, cuando la mayoría de los obispos y de los cristianos notables se dejó ganar por las enseñanzas de Arrio. La doctrina enseñada por Arrio, negaba que Cristo fuera Dios. El Papa Silves­tre, sin más apoyo que el de San Atanasio, obispo de Alejandría, convocó un concilio en el año 325, el Gran Concilio de Nicea, con el objeto de condenar la doctrina de Arrio. La mayoría de los 318 obispos que concurrie­ron profesaba el arrianismo. Todo hacía esperar que el Concilio se pronunciara en favor de la falsa doctrina. El pueblo sencillo, la multitud anónima de fieles, alertada por el peligro que corría la fe a la que había entregado toda su confianza, se reunió frente al palacio en que sesiona­ba el concilio a orar y clamar porque los padres conciliares declararan que María, la madre de Jesús, era también madre de Dios. Esos cristianos no estaban en capacidad de entender y refutar los eruditos argumentos que los filósofos, los teólogos y los historiadores arrianos daban en apoyo a su doctrina. A ellos les bastaba su devoción a la Virgen como Madre de Dios para estar igualmente seguros de que Jesucristo, su Hijo, es también Dios al igual que lo es el Padre. Los obispos arrianos, impresionados más por la fe del pueblo que por los argumentos, terminaron suscribiendo la fórmula que proponían el legado del Papa y San Atanasio.

El tiempo que vivimos es un tiempo de crisis

Como es sabido de todos, la Iglesia pasa en este tiempo por una crisis profundísima que hace pensar a muchos en la posibilidad de su extinción, o al menos, a que quede reducida a una de tantas sectas que se han demostrado incapaces de influir sobre la humanidad como luz del mundo y sal de la tierra. Humanae Vitae Pablo VIEsta crisis es, fundamentalmente, de unidad. Conocemos la honda división que ha suscitado entre los católicos, y no solamente entre los simples fieles sino entre jerarcas, pastores y teólogos, la Encíclica Humanæ Vitæ que prohíbe el uso de anticonceptivos y la esterilización. Otra división es la que separa a los sectores cultivados de la Iglesia con relación al marxismo. Mientras el Papa, varios episcopados, teólogos y militantes seglares se oponen con todas sus fuerzas a los partidos marxistas, grandes sectores que incluyen también obispos, sacerdotes, religiosos de ambos sexos y militantes católicos se declaran partidarios del socialismo marxista. En los últimos meses hemos empezado a enterarnos de la división entre católicos tradicionalistas, que han encontrado en Monseñor Lefevre un obispo-bande­ra, y católicos conciliares representados por el Papa. Ya no es posible, ni siquiera para las personas bien informadas, abarcar la literatura que de parte de cada uno de estos bandos se ha publicado en apoyo de sus respectivas posiciones.

En otros tiempos, el recurso a la teología sirvió para superar divisiones que surgían en el seno de le cristiandad. Hoy, ese recurso ha fallado, por que cada posición ha elaborado su propia teología. La solución a esta crisis no parece venir, definitivamente, del lado de los intelectuales y los notables de la Iglesia. Esa solución vendrá ciertamente, porque de lo contrario quedaría sin cumplirse la profecía hecha por el propio Cristo de que los poderes del mal no prevalecerán contra la Iglesia. Vendrá una vez más, según lo que se ve, de ese fondo o reserva de la Iglesia que es la fe de los pobres.

Esto puede parecer una de esas conjeturas atribuibles al deseo de que algo ocurra de la manera que conviene a nuestros intereses o a nuestros puntos de vista; una de tantas frases con que alimentamos el optimismo cuando los hechos anuncian calamidades. En este caso se trata de un juicio formado a partir de lo que cualquiera puede comprobar. En este caso, mi testimonio tiene amplia base de experiencia. Mis ojos han visto la fe de los pobres desfilando como un río en este santuario del Señor de los Milagros.Basilica Buga La he visto desde el tiempo en que, siendo niño, era llevado soñoliento a la misa de cinco de la mañana por personas mayores de mi familia, o cuando, atraído por no se qué halago, venia con las Roldán a la “hora de la súplica”, en la tarde. De entonces a hoy ha habido cambios en la Basílica, en el personal y en los métodos pastorales de la Comunidad guardiana del Santuario; también en la Iglesia universal, pero entre tanto, el río de la fe ha sido el mismo, sólo que cada vez más caudaloso.

Los pobres, afortunadamente para la misión de mantener viva la fe, de transmitirla de persona a persona, de generación a generación, de vecindario a vecindario, son marginados. De ellos no surgen cambios ni llegan a ellos los cambios. Es en el seno de los sectores que determinan la vigencia, los que se expresan por los medios de comunicación de masas, los que orientan la economía, los que detentan el poder, los que hacen leyes para cambiar las costumbres y los que introducen costumbres que hacen cambiar las le­yes, en donde se han producido los cambios y en donde se han producido las divisiones que afectan la unidad de la Iglesia. El camino para reencontrar la unidad perdida es bucear en la fe de los pobres. Bucear hasta encontrar los puntos en que la fe es pobreza y la pobreza es fe. Allí encontraremos cosas que han salido de la vigencia, que han pasado de moda: el pudor de las mujeres, la devoción a los santos socorristas como San Martín de Porres, el acogimiento incondicional del hijo concebido, la serenidad de vivir al descampado, sin más que la confianza “en Dios y María Santísima”, como dicen los pobres. Allí encontraríamos, por sobre todo, a María, Nuestra Ma­dre en la fe.

Maria devocionLa devoción a María ha sido desplazada en las últimas décadas a un puesto casi vergonzante. La nueva ola católica casi no sabe qué hacer con ella. Nadie la niega, pero los católicos cultivados, interesados en el ecumenismo, olvidan muy espontáneamente mencionarla para no despertar susceptibilidades en los hermanos separados. Los movimientos carismáticos o de renovación, que tanto atractivo tienen en las clases medias y altas, sólo tienen palabras para el Señor y para Cristo. Este pasar en silencio al lado de María es tan característico de la modernidad católica, que el tradicionalismo ha podido hacer de ella uno de sus símbolos triunfalistas.

Sin duda, hay en esto una reacción explicable y hasta necesaria contra una devoción artificializada por la retórica o utilizada chocantemente como medio de manipulación de la pobrecía católica. Esas formas de devoción Mariana solamente lograban en su desmesura, sí es que lograban algo, mitificar la figura de María, sacarla del contexto de la Revelación, susti­tuirla como mensaje de la fecundidad y el poder de la fe del pobre por una figura de triunfalismo religioso. A la inflación mitificante ha seguido la deflación racionalizante.

Los pobres, los marginados, nada han tenido que ver con esto. Ellos han invocado a María como inseparable del Señor. Dios y María-Santísima, unidos en una misma invocación, han sido el aire de la confianza que hace posible a su espíritu respirar cada vez que la vida los pone en tribulaciones a donde no llegan los auxilios humanos.

María y los pobres se han buscado mutuamente. Ya recordé cómo el clamor de los pobres, apoyados por un obispo perseguido, inclinó al Concilio de Nicea a proclamar que María es Madre de Dios.  En los albores de la conquista de América por los españoles, María sale al encuentro del indio Juan Diego, identificándose como la Madre del Señor de los Cielos y de los insignificantes de la tierra. La fe de los intelectuales, y de quienes en general tienen algo más en qué apoyarse que la fe, podrá perder de vista a María, pero no la fe de los pobres.

Hay razón para ello. María es, como si dijéramos, una experta en pobreza. Ella descubrió, por su propia experiencia, cómo la fe en el Dios vivo, en el Todopoderoso, se hace efectiva al estar asociada a la pobreza. Que para llegar a serlo todo y a tenerlo todo, hay que pasar por no ser nada y no tener nada.

María fue, según las mayores probabilidades, una muchacha como muchas otras de la pobrecía de su país y de su pueblo. Tenemos todo derecho a imaginar­la yendo con todas las demás mujeres pobres del lugar a lavar la ropa en el pozo común, igual que iba a lavar sobre las piedras del Guadalajara la indiecita que encontró el crucifijo milagroso. Jose MariaEl prometido de María no fue un escriba ni un dignatario del Sanedrín como era de esperar que lo fuera el de la judía privilegiada que había de ser madre del Mesías; fue un carpintero. Pero la pobreza de María fue más que la pobreza económica, social o literaria. Su pobreza no fue la simple carencia de medios para sustentarse o para sustentar a unos padres ancianos o desvalidos que es común a las mayorías del mundo. Su pobreza fue sentirse absolutamente desvalida e in­digente para conseguir lo único necesario, lo único que no podía ser ya más aplazado: el nacimiento del Mesías. Hija del pueblo escogido, veía languidecer en las mejores almas la esperanza en el Mesías. La verdad es que ese pueblo había esperado bastante y que esa esperanza es lo único que había tenido para resistir en tantas situaciones críticas la tentación de asimilarse a pueblos que parecían vivir más felices y seguros con sus dioses visibles y acomodaticios. La fe judaica se había degradado en manos de fariseos, de escribas, de saduceos y de levitas, a una religión que tenía todos los efectos alienantes de las religiones paganas sin ninguna de las ventajas que esas religiones proporcionan a los pueblos para ha­cerse poderosos y ricos. ¿De qué serviría conseguirlo todo: la soberanía nacional, el esplendor del templo, la prosperidad en la cantidad y riqueza de los sacrificios, si no llegaba el MesiasMesías, del cual todo eso era apenas símbolo y analogía? Sólo el Mesías quitaría los pecados que pesa­ban como una loza sepulcral sobre las conciencias de los buenos israeli­tas; sólo el Mesías devolvería a los leprosos, a los criminales, a las prostitutas, a todos aquellos a quienes la sociedad o la propia conciencia proscribe, el derecho a la convivencia, con toda la dignidad y alegría de ser uno como los demás. Sólo el Mesías podría liberar el amor de Dios de la limitación que El mismo se había impuesto al darse como Dios de un pueblo y de una raza, cuando esa limitación fue el único medio de conseguir que algún pueblo fuera de fiar para Dios. Eran ya muchos los hombres de otras razas que se mostraban en su modo de pensar y de comportarse tan necesitados de Dios como lo habían sido los mejores de los israelitas.

María fue, no puede haber duda en ello, la conciencia más lúcida de la necesidad del nacimiento del Mesías. Ante esa única y universal necesidad, ¿qué podía hacer ella? ¿Que podía hacer que no lo hubieran hecho ya los grandes profetas, los sabios de Israel, los valientes de Judá, los eruditos intérpretes de las escrituras? ¡Cuántas mujeres piadosas y fecundas se habían agotado dando a luz a un hijo tras otro en la esperanza de que alguno de ellos fuera el Mesías! María pensaba ser menos que cualquiera otra israelita. María fue también, a no dudarlo, la conciencia más penetrada de insuficiencia, de incapacidad, de pobreza, en relación con la única tarea que respondía a la necesidad de su pueblo y de la humanidad. Esa doble y simultánea lucidez de lo que era necesario y de la indigencia para conseguirlo, fue para María una crucifixión. Tenía sin embargo todavía algo: su fecundidad. Accediendo a una moción del Espíritu Santo, renuncia a ella, en oblación, para obtener de Dios que otra mereciera engendrar a quien habría de ser el Salvador. María desciende, en espíritu, al absoluto de la pobreza. También Dios estaba apremiado por acudir a la esperanza y a la necesidad de su pueblo y del mundo con el don de su Hijo, pero había tenido que esperar. No era la primera vez que Dios había debido esperar para entrar en la Historia como poder que salva. GedeonEn tiempo de los jueces, cuando escogió a Gedeón para que acaudillara a Israel contra los amalecitas que amenazaban exterminarlo, hubo de esperar a que el ejército de diez mil hombres que Gedeón había reclutado fuera siendo reducido hasta llegar a un puñado de valientes. Dios quería el triunfo de los israelitas, pero lo quería en forma que no pudieran atribuírselo a la cantidad y calidad de sus armas. Dios no podía hacer sentir la grandeza de su poder sino mediante la pequeñez y debilidad del hombre.

Para darle a su pueblo al Mesías, Dios había estado esperando a que hubiera una mujer en la que se juntaran un anhelo absoluto del Mesías y una conciencia también absoluta de la indigencia humana para darlo al mundo. Esa mujer fue María. Después de lo ocurrido en Ella, quedó instruida sobre lo que son los pobres para Dios. No sólo quedó instruida para compadecerse de sus necesidades sino para confiar en sus posibilidades como mediadores ante la humanidad de las acciones con que Dios interviene para salvarla. San Pablo dirá que Dios se vale de lo que no es para confundir a lo que es. Cuando Jesús recibió del Padre esta revelación, se estremece, nos dice el Evangelio, y exclamó: “¡Gracias te doy Padre porque has escondido estas cosas a los sabios, y las has descubierto a los pequeños!” Y, como buen hijo, agrega: “¡Gracias porque así has querido que sea! (Lc 10, 21)

Los científicos mejor informados, los estadistas con mayor capacidad de apreciar la relación entre las necesidades y los recursos de cada nación y del mundo en general, los sociólogos y los psicólogos que más se adentran en los dinamismos que determinan la actuación del hombre y de los grupos sociales, las conciencias más lúcidas, en una palabra, coinciden en anunciar para un futuro más o menos próximo catástrofes imposibles de prevenir, o preventi­vos que, como el control natal y el armamentismo, sólo podrán precipitar­las. Unos las ven llegar por el aumento de población, otros por el saqueo ecológico y la polución, otros por el uso de armas nucleares, otros por la expansión de la criminalidad y la degradación moral a extremos incompati­bles con la supervivencia de la civilización.

Es la hora, entonces, de redescubrir las potencialidades de la pobreza co­mo forma de la fe. Es la hora de exhibir ante el Todopoderoso la magnitud de las necesidades y la indigencia de los recursos. Es la hora en que todo el que sea lúcido de lo uno y de lo otro, como lo fue María, entre a las filas de peregrinos, y aprenda de ellos lo que es la fe que obliga al corazón de Dios.

Espiritu SantoQué instinto más seguro de lo que es la verdadera fe, qué testimonio más irrecusable de la acción del Espíritu Santo sobre las gentes de fe dócil, este río no interrumpido de peregrinos que cada siete años se hace caudalosa inundación. ¡Esos peregrinos con sus niños inexplicablemente tranquilos, pacientes, sufridos, alegres, en condiciones que son duras de soportar pa­ra veteranos de la privación y la incomodidad, esos peregrinos que vienen de fiesta, con su mejor vestido, indiferentes a los peligros de contagio, a los malos olores, a las fatigas de los malos transportes y las aglomeraciones!

¿Qué tiene ésta imagen del Milagroso que tanto les dice a los pobres? Tal vez no hay otra en que el cuerpo humano aparezca más desprovisto de belleza. Es un guiñapo de hombre. Isaías profetizó al Mesías indicando que carecía de toda apariencia que lo acreditara.

Era, según dejó escrito, uno de esos desgraciados que nuestra mirada no puede resistir, cuya miseria nos hace mirar hacia otra parte. Cristo resucitó y hay bellas imágenes que lo representan resucitado; Cristo dio lu­gar a una civilización, y hay imágenes que lo representan como Señor y Gobernador del mundo. Los pobres lo prefieren en la imagen que recuerda su total pobreza, su inmersión en la vergüenza, en la derrota a manos de sus enemigos, su descoyuntamiento, su desmayo, la terrosa lividez de su cuerpo cuando la sangre dejó de circular. Esa es la imagen que ansían ver aunque sea una vez en su vida, y esa es la imagen desde la que se sienten vistos, comprendidos, compadecidos, y auxiliados.

Hernan Vergara 01No es posible recoger conceptualmente todas las enseñanzas que está llama­da a dar la fe de los pobres. Sería preciso bajar desde nuestro observatorio de intelectuales, abandonar la tribuna de espectadores, entrar a la pobrecía y perdernos en ella para respirar su misma esperanza, para compartir su inexplicable alegría y su fortaleza. Será preciso entrar en el miste­rio de María y con Ella, acceder a no ser, ni tener, ni poder algo para llegar a serlo todo, a tenerlo todo y a poderlo todo. Será preciso hacer de nuestra fe una fe de pobres.

Hernán Vergara Delgado

[1] Escrito leído en la Basílica del Señor de los Milagros de Buga con ocasión de la gran Rogativa de septiembre 18 de 1976